La meva llista de blocs

La cerradura


Hoy se ha roto la cerradura de la puerta de mi casa. He llamado al cerrajero y ahora está arreglándola. Lleva hurgando en la puerta desde las cuatro de la tarde. Son más de las siete y aún no ha terminado. Desde la salita donde tengo el ordenador se escuchan los murmullos metálicos del cerrajero. Oigo pasos silenciosos por el pasillo. Acaba de llegar mi mujer. Me dice que se ha encontrado con una compañera de su escuela. Me cuenta mi mujer que le ha dicho que este viernes tienen una cena. Mi mujer no va a esta cena. No va porque es una cena solo para mujeres separadas.  Me explica que en su escuela hay muchas mujeres separadas. Y me cuenta que en todos los casos el causante de la ruptura fue el marido. El marido, que se fue con otra más joven. Me especifica algunos casos concretos: Pepa, que ronda los sesenta años y que lleva cinco separada. Su ex marido está con una chica de treinta. Begoña, de cuarenta años. Su marido la dejó por una alumna suya (del marido, se entiende) veinteañera. El era el director de su tesis doctoral. Ana, de cincuenta y pico. Hace diez años su marido se fue a Lleida a vivir con una amiga de su hija. Carmen, de sesenta y pico años. Separada desde hace veinte. Nada sabe de su marido en la actualidad, solo que la dejó por una jovenzuela rumana que les limpiaba la casa. Parece ser que viven en Madrid.
El cerrajero me llama. No se aclara. La cerradura tiene unos tornillitos dentro que dice que le impiden poner el bombín. Yo no entiendo de cerraduras. Me dice que tiene que llamar al jefe para que le ayude a solventar el problema, pero es tarde y no podrá ser hasta mañana. Yo me quedo pensando…

La dinastía Borbón y la Crisis


En clase de Sociales solemos hablar de muchas cosas. No siempre, ni mucho menos, nos ceñimos escuetamente al programa. A veces surgen temas sociales que abordamos con toda la naturalidad del mundo. Me gusta aclarar y aplacar a mis alumnos en sus fervientes y firmes ideas, porque es que son como caballos desbocados que no saben de cercas ni de monturas. Lo suyo es galopar salvajemente por este mundo saltándose todas las ideologías habidas y por haber. Por eso, cuando advierto en alguna pregunta o en alguna respuesta algún atisbo de rebeldía o de tirar por el camino de en medio, doy un viraje en la marcha de la clase y me centro en resolver los nacientes conflictos, si es que es posible. En la mayoría de las ocasiones mi misión se reduce a pulir ideas y explicar conceptos que no tienen nada claros.
El otro día fue la monarquía. Siempre que surge el tema de la monarquía hay polémica. Una parte no comprende su misión. Que para lo que hacen mejor que se vayan. Otros, abiertamente son republicanos. Y luego están los que sí, que les gusta esto del rollito social que supone la familia real, pero estos siempre acaban con lo del machismo por preferir la línea masculina a la femenina. Pero el otro día, lo que estaba sobre la mesa no era concretamente la monarquía, sino la dinastía. Les había explicado la Guerra de Sucesión, la lucha entre Austrias y Borbones y todo lo que esto supuso para España y particularmente para la Comunitat Valenciana y Catalunya. Y a partir de ahí di un salto en el hilo del relato y me situé en el presente. Les dije que aquello que pasó hace poco más de trescientos años tenía una repercusión actual. Y entonces quise rutinariamente preguntar a alguien de la clase, más que nada, por mantener la atención de lo que estaba explicando:
-A ver, Lorena, ya sabemos que la dinastía que tenemos ahora, la que encarna el rey Don Juan Carlos I es….
Y Lorena se me quedó mirando como no sabiendo qué contestar.
-Si, Lorena, te pregunto que cuál es la dinastía de la monarquía española que hay ahora.
-…Es que no me sale el nombre…
-Pero si lo habrás oído muchas veces por la tele…
-Si, sí, ya me acuerdo… es… es… ¡LA CRISIS! 

¿Decisión acertada?


Fue un viernes por la mañana. Jose (sin acento en la e) tenía necesidad de ir a su banco a sacar dinero. Solía ir al cajero automático de su banco porque además de pillarle cerca de su casa, “esta entidad no le cobraba nada por esta operación”. Y así hizo. Se acercó a la pantalla del ordenador y puso su tarjeta en el sitio oportuno, pero la ranura parecía que estaba atascada pues tenía dificultades al introducirla. Lo intentó una y otra vez sin resultados favorables, y cuando ya estaba a punto de dirigirse hasta el mostrador y exponer su problema, se dio cuenta de algo. En la bandeja donde se deposita el dinero había un montón de billetes. O eso le pareció ver. Sin pensarlo dos veces lo cogió. Y sí, eran billetes relucientes de cincuenta euros. Miró hacia un lado, miró hacia otro… todo normal. Y él con un fajo de billetes en la mano que no eran suyos. De pronto se sintió incómodo. Los billetes parecían quemarle en su mano. Los miró ¿cuánto había allí? Los contó. 600 euros. Alguien había cometido un terrible despiste. Se había ido sin recoger el dinero. Y él se lo había encontrado. Se acordó de Marc, su cuñado, que según le contó, un día, con las prisas se dejó 300 euros en la bandeja del cajero automático. Claro, que cuando se dio cuenta del despiste, acudió rápido al banco y se los devolvieron, porque parece ser que el cajero si no se recoge el dinero, se bloquea… Era verdad. Eso lo había comprobado él. El cajero automático estaba bloqueado porque alguien se había dejado 600 euros.
Lo tuvo claro. Se iría con el dinero bajo el brazo a la caja y daría cuenta de su hallazgo. Así, si viniera alguien preguntando por los seiscientos euros, se los darían sin ningún problema.
Se puso en la cola. Había seis personas delante de él.
Jose se sentía ahora tranquilo y hasta casi se diría que feliz.
La cola avanzaba muy lenta. Jose no hacía más que mirar a todas las personas que entraban en el banco. Esperaba que de un momento a otro hiciera su aparición alguien con el rostro desencajado y con una desmedida ansiedad por recuperar lo que era suyo.
Pero nada. La normalidad y el tedio presidían la cola y la estancia del banco.
Ya solo había dos personas delante de Jose.
Miró como quien no hace la cosa la melena abrupta y salvaje de la mujer que le precedía. Parecía extranjera. Esto lo dedujo sin ningún tipo de fundamento. Pero no importaba. Lo que de verdad importaba era la cantidad de dinero que él había rescatado del cajero hacía a penas unos minutos.
El tiempo pasaba lento. Nadie parecía estar al corriente de lo que llevaba Jose entre manos. Los semblantes de las personas que iban y venían por el interior del banco no denotaban otra cosa más que normalidad. Los empleados iban a lo suyo. Jose no hacía más que mirar hacia atrás por ver si descubría algo significativo. Pero lo cierto era que  la tranquilidad y la rutina reinaba en el banco.
Ya le tocaba. Un empleado con gafas y con poco pelo, casi se diría que calvo, pese a su lozana edad, le estaba preguntando algo:
-…Usted dirá.
Jose dudó por un instante.
-…Es que…
Y no terminó la frase. Miró a un lado, miró a otro y, con renovadas fuerzas dijo:
-Es que quería ingresar en mi cuenta estos quinientos euros.

   

Verbos irregulares

Ahora que se acercan las elecciones generales es común encontrarse con gente indecisa, con personas que no saben muy bien hacia donde decantar su voto, y esto provoca discusiones más o menos viscerales (el otro día, en un bar oí a alguien que decía con altisonante vehemencia que él antes votaba a un ladrón que a un socialista…) Pero últimamente está apareciendo en el ámbito electoral la figura del desencantado. Del desencantado con la democracia al uso, se entiende. Y esto provoca en algún sector del electorado una suerte de elector rebelde que no acepta el sistema.
Y ahí es donde se puede encuadrar al protagonista de este post.
Jesús había sido siempre un fiel votante. Siempre había votado a los suyos, porque eran los mejores según él. Los que mejor podían afrontar los graves problemas en que estaba sumido su país. Esto siempre lo había tenido claro en todo el tiempo que llevaba su país en eso de la democracia. Pero ahora, tras los últimos movimientos populares ya no lo tenía tan claro.
Se había contagiado. Y se había vuelto rebelde. Ya no creía en nadie. Estaba desesperado. Quería rebelarse, mostrar su descontento; pero con las armas de la democracia no veía el medio. Y se puso a pensar, y pensar… y al fin halló contra quién luchar, contra qué sublevarse. Y una tarde se lo dijo a su mujer.

- Cariño, ya lo tengo claro. Voy a rebelarme contra los verbos irregulares. Había pensado primero si no fuera mejor hacerlo contra las conjunciones copulativas, pero ellas, aunque tienen un nombre un tanto libidinoso, cumplen su función. Pero los verbos irregulares… ¡Malditos sean! ¡Yo los desafío! ¡Me enfrento a ellos! ¡No quiero pertenecer al rebaño que sin lógica alguna comulga con sus irregularidades!

Así dijo. Y su mujer se quedó parada sin saber qué contestar. Pero eso a Jesús le daba igual. El estaba satisfecho con su decisión y pensaba llevarla a cabo desde hoy mismo. Y así hizo. En su habla todos los verbos se convertían en verbos regulares. Así demostraba su individualismo, su lógica, su sensatez. Su rebeldía. Su no pertenencia a ningún bando adocenado.
Pero desde aquel día se dio cuenta de que la gente le miraba extrañada, incluso le miraba mal. Algunos se reían.


Y maldijo desde lo más hondo de su ser a los verbos irregulares….





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