La meva llista de blocs

La goma de borrar



Cogió un papel y un lápiz y se puso a escribir. No escribía nada en concreto. Solamente dibujaba palabras torpes y sin sentido. Según las iba trazando las iba mirando de reojo sin intención de leerlas. Y ni siquiera le producía una sonrisa en su rostro aquel desbarajuste lingüístico. Las grafías inundaban el blanco papel hasta llenarlo de numerosos garabatos sin vocación de palabras. Pero ella seguía con ardor en su alocada tarea. Ya casi iba por la mitad del folio. Y entonces se paró y miró lo que había escrito. Sí, ahora era el momento. Miró sin leerlas las palabras escritas a lápiz con una delectación difícil de explicar. Y entonces sacó la goma de borrar.
Y empezó a borrar con fuerza todo aquello que acababa de escribir. Su mano adquiría un rítmico y armonioso moviento izquierda-derecha que eliminaba los vocablos uno a uno mientras dejaba un rastro de hilillos grisáceos sobre la cuartilla. Y a todo esto había surgido un olor a goma de borrar intenso y evocador. Y ella olía y olía mientras aplicaba la goma al folio. Era eso lo que ella buscaba, y no otra cosa. Captar las esencias olorosas que exhalaba la goma al eliminar las palabras. Y mientras esto sucedia, entornaba los ojos y alimentaba su mente con frenéticos y acogedores recuerdos de su infancia... de cuando su edad se medía con un solo dígito. Y seguía borrando y borrando... y entonces vio el lápiz sobre la mesa. Y pensó:
-Otro día le sacaré punta al lapicero....

Amor anónimo



Era un jueves a primera hora de la mañana. Un jueves anónimo. Un jueves sin ninguna brillantez. Un jueves que estaba aquí estorbando, justo en el medio de la semana. Un jueves que se le presentaba largo y duro a Luís, profesor del instituto, que a estas horas iniciaba la jornada.
La primera hora ya estaba casi terminando cuando un alumno le pidió a Luís que le diera permiso para bajar a hacer unas fotocopias. Luís se lo concedió sin ningún problema.
Al cabo de unos minutos volvió a clase el alumno que había salido a hacer fotocopias. Venía con una carta en la mano. Se la entregó a Luís.
-Estaba en el suelo, junto a la puerta.
Luís la cogió y la miró. Con grandes letras rojas ponía su nombre. No ponía remite. Luís no tuvo más remedio que abrirla. El resto de la clase miraba expectante.
Aquello era una declaración de amor en toda regla. Alguien, un niña de trece o catorce años, le confesaba su amor. Le explicaba que hacía dos años que estaba en el instituto, y que desde que le había tenido como profesor había descubierto el amor. También decía que aquel amor era secreto, que nadie sabía nada de ello, que a nadie se lo había dicho, pero que quería que Luís lo supiera. No dejaba claro si este año aún lo tenía como profesor o ya no. La carta terminaba con un dibujo de un gran corazón donde ponía: "Para que te des cuenta de mi verdadero amor por ti." Y una firma: "Anónima"
Al profesor casi se le subieron los colores al leerla. Los alumnos le preguntaron:
-¿Qué pone la carta?
-Nada, nada importante... - y guardándola, siguió la clase.
Nadie supo nada de este hecho... hasta hoy.

La muerte niquelada





"Habían preguntado la hora; Zacarías agarraba a Miguel por la muñeca, tapándole el reloj; le decía:
-¡Loco, estás tú loco ahora jugar con esos instrumentos! ¡eso es la muerte niquelada!"


Rafael Sánchez Ferlosio       "El Jarama"


Había un par de jovenzuelos que estaban bailando una tarde de domingo. El se llamaba Daniel. Ella, Mari Carmen.
Eran casi novios. Les faltaba casi nada para que tuvieran el valor de llamarse novios. Pero por ahora solo eran buenos amigos. O algo más que amigos.
Corría la década de los sesenta del pasado siglo. Ella tenía diecisiete años. El no había cumplido aún los dieciocho.
Solo se veían los domingos por la tarde. El resto de la semana ni se hablaban (aún no se habían inventado los móviles, y ni él ni ella tenían teléfono en sus casas). Durante la semana cada cual iba a la suya. Él trabajando en un taller de coches, ella en una fábrica de salazones. Pero cuando llegaba la tarde del domingo, todo cambiaba.  Estaban juntos. Y entonces el tiempo se convertía en su más temible enemigo. Querían beberse sorbo a sorbo el tiempo que estaban juntos por ver si duraba más. Y se miraban con ansia, y hablaban a borbotones por llenar y saturar el pedazo de tiempo vespertino que el domingo les ofrecía.
Y así cada semana.
Pero una tarde, en un guateque que había organizado un amigo común en el patio de un tío suyo, mientras bailaban muy agarraditos la canción "Anduriña" de Juan y Junior, Daniel no pudo más. Se acercó sigilosamente al pick up y con habilidad cogió el brazo del tocadiscos y lo puso al principio de la canción. Hubo gente que ni se dio cuenta.
-¿Qué has hecho Daniel?- Le preguntó, sin dejar de bailar, Mari Carmen.
-Pues ya ves, otra vez empieza la canción. Así bailamos el doble- le contestó complacido y satisfecho de sí mismo Daniel.
-Y te crees tú que así el tiempo no corre igual...
Daniel paró un instante el suave balanceo del baile, y, muy serio, le dijo a Mari Carmen:
-Tienes razón, con el tiempo no valen artimañas...



¡Ladrones!



En la escuela de mi mujer esta semana los alumnos y alumnas de sexto de primaria han estado en la nieve. En el Pirineo catalán, concretamente en la estación de Port Ainé.
Llegaron a las pistas de esquí el lunes por la noche y estuvieron toda la semana esquiando. El último día de actividades en la nieve era el jueves. El viernes por la mañana ya volvían a Castellón.
Pues bien, el jueves, mientras estaban esquiando, alguien entró una por una a todas las habitaciones de los niños, que a estas horas estaban vacías, claro, porque estaban esquiando. Y ese alguien sustrajo todo el dinero (solo el dinero) que encontró allí. Ya era final de semana y el dinero que les dieron los padres a los niños ya había mermado algo, pero como mínimo tenían los veinte euros que había que guardar para la comida y cena del viernes que no incluía el paquete del viaje. Algunos niños tenían más de veinte euros. Pero el ladrón o los ladrones hicieron tan bien su trabajo que no dejaron ni la calderilla. Cuando por la tarde llegaron los niños, vieron sus carteras totalmente vacías. La histeria se apoderó de los pequeños escolares que habían visto cómo en un pispás había volado su dinero. ¡Qué hacer! Algunos se pusieron a llorar, otros corrieron a refugiarse en los profesores (que, curiosamente, fueron respetados por los ladrones) y les contaron lo que había pasado. Los profesores les tranquilizaron diciendo que la escuela se haría cargo del dinero de la comida y la cena del viernes, pero que esto había que denunciarlo. Y así hicieron. Estuvieron tomando declaración en la comisaría de policía hasta la noche. Y después, para resarcirse del susto, los llevaron a una discoteca. Había niños que tenían miedo de dormir en la habitación, pues si por el día habían podido entrar, por la noche, si entraban, sería peor. A los profesores les costó tranquilizarles, pero al final no pasó nada. Pasó la noche y emprendieron camino de Castellón. Llegaron felizmente y la cosa no pasó de ahí. Pero quedó el regusto amargo de la rabia de haber sido víctimas de los ladrones. No era ya por el dinero, que no era mucho. Haber perdido veinte, treinta o cincuenta euros no va ninguna parte, pero la idea de que alguien entró en su habitación…
El director está estudiando la manera de ver si se pudiera devolver el dinero robado a cada alumno con fondos de la escuela, pero hay maestros que no están de acuerdo con esto.
¿Qué opináis sobre el tema?

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