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Distancias cortas


Jorge siempre había considerado a Esteban un hombre parco en palabras. Cuando a la hora del almuerzo se reunía en el bar con los compañeros del taller, casi nunca decía nada. Esteban escuchaba las bravatas y los comentarios más o menos chistosos de los demás y se limitaba a sonreír o reír abiertamente si la ocasión se terciaba.
Esteban, en cambio, había observado Jorge, solía dirigirse a quien tenía sentado junto a él e intercambiar largos pareceres. La presumible timidez de Esteban desaparecía por completo cuando se trataba de conversar con alguien tête à tête.
Un día coincidieron en el bar Esteban y Jorge en sillas contiguas. Tuvieron una conversación muy densa y fructífera al margen de la que se estaba llevando en el grueso del grupo. No parecía el mismo. Ocurrente, dicharachero, atrevido, locuaz…
Jorge se lo hizo notar a Esteban. Y este le contestó lacónico:
-Es que yo prefiero las distancias cortas…
…Y vosotros, ¿preferís como Esteban las distancias cortas…?

   

El sujetador azul celeste


Éramos unos chiquillos. Diecisiete años recién cumplidos. Pero ya hacía casi un año que salíamos juntos. Suficiente tiempo para saber que entre nosotros había algo más que una simple atracción física.
Y llegó la primavera. Y llenó toda la Plana de flores de rojo, verde, azul, amarillo, blanco… y se llenaron las flores de volanderos animalillos multicolores, y de susurrantes zumbidos… y el aire se llenó de azahar. Daba gusto respirar…
Nosotros dos, cogiditos de la mano, fuimos al monte. Era una tarde soleada. El monte estaba solitario. Nada mejor que la soledad para unos amantes. Subimos por una senda de tierra reseca y llegamos a una fuente. Un hilillo de agua salía de las entrañas de una roca. Bebimos y nos mojamos. Y nos reímos. Y caímos al suelo de pura felicidad. Y ¡ay! su pantalón vaquero se rasgó al rozar con una puntiaguda piedra dejando ver un puntito de sus encarnadas bragas. Rápidamente se quitó el jersey y se lo anudó a la cintura. Nos volvimos a reír. Y abrazaditos bajamos hasta unos pinos que ofrecían generosa y saludable sombra. Allí, sobre la hierba nos sentamos. En una atrevida y vertiginosa mirada pude adivinar a través de los botones de su camisa rosa el color de su sujetador. Era azul celeste. No parábamos de hablar. Y de mirarnos a los ojos. Y de escuchar los trepidantes gorjeos de los pájaros que revoloteaban a nuestro alrededor. La tarde era luminosa. El sol lucía con fuerza. Casi se diría que hacía calor. Nosotros seguíamos a lo nuestro. A devorarnos con las palabras y los ojos. A conocernos hasta lo más profundo de nuestra alma. El azul celeste de su sujetador brillaba ahora con furia y deseo contenido.
Y fue entonces cuando escuché una de las frases que más hondo han calado en mi ser:
-Miguel, eres la persona a la que más quiero en este mundo…
  

La persona idónea para gobernar


Desde los albores de las primeras civilizaciones se ha planteado el problema de quién era la persona más indicada para dirigir o gobernar a la gente.
En un principio no había duda. Esa persona era la más fuerte. Y nadie lo discutía. En todo caso, se ponía a prueba, y quien salía vencedor, ese era el jefe.
Pasaron los milenios, se formaron los primeros países y las primeras ciudades-estado y apareció el germen de la actual política: la democracia. Estamos en la Atenas de Pericles, en el siglo V a. C. En el ágora se oyen comentarios de todo tipo. Hay quien cuestiona este novedoso sistema. La democracia es una farsa. No siempre nos gobierna el más capacitado, dicen algunas voces. Los votos no son expresiones de ningún dios, son el resultado de las imperfecciones humanas…
Hoy, más de 2.000 años después, nos podemos plantear la misma cuestión. ¿Cómo podemos saber quién es la persona más indicada en cada momento y situación para gobernar un país? ¿Cómo saberlo? Por eso me gustaría compartir con vosotros un cuento zen que leí no hace mucho. Más o menos dice así:

La cola de una serpiente, cansada de ir siempre a donde la cabeza quería, un día,  le dijo que quería dirigir ella la marcha. Y la cabeza le contestó:
-Las cosas como son. Algunas veces no las podemos cambiar.
La cola no se contentó con esta respuesta y decidió pasar a la acción. Así, cuando la serpiente estaba a punto de cazar un pájaro y ya había abierto la boca para comérselo, la cola se aferró fuertemente a la rama del árbol donde estaba la serpiente y la presa escapó.
La cabeza se giró indignada hacia la cola y le recriminó su actitud. Y la cola le respondió que ella quería guiar a la serpiente
La cabeza accedió. Que por unos días ella guiara a la serpiente. Y así hicieron.
Y como la cola no tenía ojos, un día cayó en un pozo y se murió…


¿Qué os sugiere este cuento? Me gustaría conocer vuestra opinión.

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