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Esperanzas




La tarde se estremece al son de las terribles noticias que lanzan los medios de comunicación. No quiero mirar a otra parte. Quiero ser fuerte y mirar hacia delante. La pena me agobia. La rabia me corroe. Sólo la esperanza nutre mi mente aturdida.
Ella, la esperanza, ha sido mi compañera de viaje desde que era pequeño. Desde aquellos años en que tenía la lejana esperanza de llegar a ser mayor.
No sé vivir sin ver el sol que sale cada mañana a pesar de todo. Sin mirar su haz de luz sideral que se diluye entre la copa de los árboles. Me gusta ver la vida volar a través del viento como un ciclón de esperanzas que alimentan mi presente. Siempre espero que la luna se asome entre una nube lechosa en medio de la noche. Cuando miro el empedrado suelo reseco, tengo la secreta esperanza de escuchar la leve música líquida de la lluvia al manchar de agua las calles.
El devenir es fértil en emociones. Las emociones no saben volar y se incrustan en el alma como aguijones de hielo. Ahí se funden y se convierten en vivencias que engrandecen nuestra alma. Espero el futuro con alegría. No sé esperar triste, sino alegre. La felicidad, la auténtica felicidad, puede aparecer a la vuelta de cualquier esquina. Hay que estar alerta. No hay más que caminar con firmeza por los vericuetos de la vida, salvando cada obstáculo, cayendo y levantándose a cada tropiezo, mirando al frente, volviendo la vista atrás para reencontrarnos con nuestros recuerdos, y esperar, esperar, siempre esperar en un mañana mejor.

Paradoja del olvido




Todos tenemos recuerdos olvidados en algún rincón de nuestro entendimiento. Ahí donde se guardan las vivencias que ya no recordamos, habitan los fantasmas del olvido. Es tiempo furtivo, escapado, tiempo que no existe más que en la fantasmagórica mente del olvido. Pero no es tiempo perdido. Nunca el tiempo es vano. En este desván de nuestra alma podríamos encontrar montones de historias olvidadas que yacen a la espera de que algún susurro, alguna nota de una canción, algún olor, les insufle vida nueva y los convierta en recuerdos.
Hoy acabo de olvidar aquellos días luminosos en que jugábamos bajo la luz del día mis amigos y yo sin miedo al futuro. No logro recordar, porque lo he olvidado, aquellas calles de mi infancia vacías de coches. Ya no me acuerdo de los momentos que pasé junto a mi padre navegando en un frágil bote junto al faro. No quiero olvidar aquellos años de principio de la década de los setenta en que mis amigos y yo íbamos a pescar gambas en las rocas del puerto bajo la mortecina luz de una farola que manchaba de oro las aguas calmosas. Haré memoria y veré aquel niño cargado de libros que, subido al autobús, iba camino del instituto. Quiero rescatar del olvido aquel día que me miraste con ternura y con un tanto de malicia, hace ya tanto… que lo he olvidado. Podré olvidar aquellas tonadas suaves y acariciadoras de una canción que me hizo decirte que tú me gustabas. No quiero olvidar, pero he olvidado, tu mirada de niña enamorada que pedía mis inexpertos besos. Hasta he olvidado, amor mío, que cuando nos conocimos, te mentí, y te dije que tenía quince años, cuando en realidad tenía diecisiete. He olvidado tanto que mis recuerdos se han convertido en sueños.

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