La tarde se estremece al son de las terribles noticias que lanzan los medios de comunicación. No quiero mirar a otra parte. Quiero ser fuerte y mirar hacia delante. La pena me agobia. La rabia me corroe. Sólo la esperanza nutre mi mente aturdida.
Ella, la esperanza, ha sido mi compañera de viaje desde que era pequeño. Desde aquellos años en que tenía la lejana esperanza de llegar a ser mayor.
No sé vivir sin ver el sol que sale cada mañana a pesar de todo. Sin mirar su haz de luz sideral que se diluye entre la copa de los árboles. Me gusta ver la vida volar a través del viento como un ciclón de esperanzas que alimentan mi presente. Siempre espero que la luna se asome entre una nube lechosa en medio de la noche. Cuando miro el empedrado suelo reseco, tengo la secreta esperanza de escuchar la leve música líquida de la lluvia al manchar de agua las calles.
El devenir es fértil en emociones. Las emociones no saben volar y se incrustan en el alma como aguijones de hielo. Ahí se funden y se convierten en vivencias que engrandecen nuestra alma. Espero el futuro con alegría. No sé esperar triste, sino alegre. La felicidad, la auténtica felicidad, puede aparecer a la vuelta de cualquier esquina. Hay que estar alerta. No hay más que caminar con firmeza por los vericuetos de la vida, salvando cada obstáculo, cayendo y levantándose a cada tropiezo, mirando al frente, volviendo la vista atrás para reencontrarnos con nuestros recuerdos, y esperar, esperar, siempre esperar en un mañana mejor.