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Felicidad y riqueza


En la barbería de Ángel se respira el cambio de estación. Estos últimos días de mayo es lo que tienen. Ya va haciendo calorcito y los comentarios suelen girar alrededor de este tema.
-Deja la puerta abierta Pedro, que entre un poco de aire que aquí nos asfixiamos – le dice Ángel a un cliente que acaba de entrar en la barbería.
-Pues sí, porque parece que ya estemos en verano…
-A lo mejor aún es pronto para poner el aire acondicionado…
Las palabras de Ángel no han tenido contestación, aunque hay que decir que Ángel más que una pregunta lanzó un pensamiento al aire sin esperar respuesta.
En la barbería hay tres personas. Damián, que está sentado en el sofá rojo leyendo el periódico esperando su turno, Ángel, que está cortando el pelo a un cliente, y Pedro, que acaba de llegar.
Pedro, exhalando un sonoro suspiro se ha sentado al lado de Damián.
-¡27 grados marcaba el termómetro de la Puerta del Sol! Y eso que aún no son las doce…
-Ya…
Hay a continuación un pegajoso silencio solo roto por las metálicas notas de las tijeras de Ángel que maneja con un ritmo vertiginoso.
De pronto Damián toma la palabra.
-Mirad qué máxima más lúcida hay aquí en el periódico a modo de chiste:
“La desgracia: ser pobre y querer vivir como un rico. La felicidad: ser rico y querer vivir como un pobre”

Todos se quedaron pensando sin saber qué decir.

El maniquí



En el escaparate había un maniquí muy serio vestido con un contundente mono azul. Tenía la mirada altiva y el rostro sereno. La tez morena y los ojos de un azul indefinido. Parecía que miraba a la gente que pasaba junto a él.
No siempre llevaba el mismo vestido. A veces le cambiaban el mono azul por otro color caqui. Incluso hubo un tiempo que iba tocado con una bata blanca. Parecía un médico.
El maniquí era alto y fornido.
Los brazos en jarra, la cabeza ligeramente levantada, y las piernas, una ligeramente adelantada a la otra, hacían concebir en aquella estatua de plástico un irreal e inquietante movimiento.
Pero él no se movía. Estaba perpetuamente quieto. Condenado eternamente a un atroz reposo. Cumpliendo perfectamente su misión de maniquí.
Una tarde, cuando el dueño de la tienda fue a cerrar, se dio cuenta que el maniquí no estaba.
Alguien lo había robado. Había desaparecido con su mono azul y su gorro de paja que graciosamente le había puesto la hija del dueño.
Pero quién puede robar un maniquí. Se rió al pensar que en una canción de Joan Manuel Serrat que se llama “de cartón piedra” sí que hay un demente que roba una maniquí. Pero esto es literatura. Esto no pasa en la realidad. Y la realidad no era más que esta: el maniquí no estaba en el escaparate. Alguien se lo había llevado.
La puerta estuvo abierta toda la tarde. Es posible que algún gamberro entrara furtivamente y se lo llevara. ¡Quién sabe! y ¡Qué más da!  Comprarían otro y caso cerrado.
Una tarde lluviosa del mes de mayo alguien entró silenciosamente en el establecimiento. Llevaba un mono azul y un sombrero de paja. Tanto el sombrero como el mono estaban mojados por la persistente lluvia. El recién llegado, sin decir esta boca es mía, se dirigió hacia el escaparate y se quedó allí. Y allí quedó quieto.
El dueño del comercio y su hija quedaron sorprendidos. Y más aún cuando creyeron oír una neutra voz que dijo:
-Es que ya estaba harto de tanta lluvia… 


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