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El trébol (decepción primaveral)


Evaristo Cantalapiedra Gallego era un hombre feliz. Vivía feliz en su pueblo y todos lo tenían por persona francamente dichosa y venturosa. Su pronta sonrisa, sus amables pareceres, sus saludables saludos y su eterna alegría así lo confirmaban.
Aquel año el mes de abril llegó al pueblo cargadito de sol y buen tiempo. Hasta podía decirse que hacía calor.
La primavera hizo brotar verdísimas hierbas y flores de cientos colores por doquier. El aire se llenó de miles de aromas. Y Evaristo amaba esos aromas y esas flores y ese calorcillo. Porque Evaristo amaba la primavera. Y por eso, todas las tardes solía salir a pasear por el campo. Solo. Sin más compañía que lo que la primavera gratuitamente le ofrecía.
Una tarde, el sol amarillo y alto sobre el lejano horizonte, Evaristo caminaba tranquilo y relajado junto a un saltarín arroyuelo que por allí fluía. Le gustaba mirar sus bravas aguas transparentes, y oír su run run cadencioso al discurrir entre las rocas. Y también le cautivaban los variopintos insectos voladores que raseaban el pequeño riachuelo dibujando irregulares líneas que se perdían a su paso.
Evaristo lo tenía todo. Tal vez pecó de euforia desmedida al pensar en ello. Tal vez.
Llegó hasta un calvero otrora desangelado y ocre, y hoy vivo y verde. La frescura de aquel espacio hizo que sintiera deseos de hollar las hierbas que allí brotaban. Sintió un placer raro cuando sintió a través de sus zapatillas las caricias frescas que la naturaleza le ofrecía. Puso su mirada en aquellas mínimas formaciones vegetales. Verdes como la esperanza. Verdes. Verdes, superlativamente verdes. Adivinó que se trataba de un pequeño campo de tréboles. Casi sin querer miró las hojas. Y quedó perplejo. Encontró un trébol de cuatro hojas. Se frotó los ojos. Y entornó la vista. Justo a su lado había otro de cuatro hojas. Y otro, y otro. No daba crédito a lo que estaba viendo. ¡Todos los tréboles que tenía bajo sus pies tenían cuatro hojas! ¡Esto era el colmo de la suerte! No podía desperdiciar aquella oportunidad que la Naturaleza le estaba presentando. No tenía más que agacharse y recoger cuantas más mejor de aquellas mágicas formaciones vegetales.
Así hizo. Y cuando cogió el primer trébol, ¡Oh sorpresa! Vio que tenía sus pertinentes tres hojas. Pero no se desanimó. Cogió otro… y también… tres hojas. Y otro… y tres hojas… y así hasta que se dio cuenta que todos tenían tres hojas. No había ni un solo trébol de cuatro hojas. Evaristo siguió su camino con un trébol en la mano. Lo miró y, antes de tirarlo, echó una última mirada al pequeño campo de tréboles al tiempo que pensaba que no es verdad un campo de tréboles de cuatro hojas. Pero él fue inmensamente feliz durante unos segundos.



Distancias cortas


Jorge siempre había considerado a Esteban un hombre parco en palabras. Cuando a la hora del almuerzo se reunía en el bar con los compañeros del taller, casi nunca decía nada. Esteban escuchaba las bravatas y los comentarios más o menos chistosos de los demás y se limitaba a sonreír o reír abiertamente si la ocasión se terciaba.
Esteban, en cambio, había observado Jorge, solía dirigirse a quien tenía sentado junto a él e intercambiar largos pareceres. La presumible timidez de Esteban desaparecía por completo cuando se trataba de conversar con alguien tête à tête.
Un día coincidieron en el bar Esteban y Jorge en sillas contiguas. Tuvieron una conversación muy densa y fructífera al margen de la que se estaba llevando en el grueso del grupo. No parecía el mismo. Ocurrente, dicharachero, atrevido, locuaz…
Jorge se lo hizo notar a Esteban. Y este le contestó lacónico:
-Es que yo prefiero las distancias cortas…
…Y vosotros, ¿preferís como Esteban las distancias cortas…?

   

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