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La verdad absoluta o el pacto político





-Dígame un animal de cuatro patas
-La silla.
-La silla no es un animal.
-Pero tiene cuatro patas.
-Pero no es un animal.
-De acuerdo. Usted gana. Dígame pues usted un animal de tres patas.
-El trípode.
-El trípode no es un animal.
-Pero tiene tres patas.
-Pero no es un animal.
-De acuerdo, para usted la perra gorda. La silla es un animal de cuatro patas. Y el trípode, un animal de tres patas.
-No, no, no. La silla no es un animal. Y el trípode tampoco.
-Pero estará conmigo en que la silla tiene cuatro patas y el trípode tiene tres patas.
-Sí. Pero no son animales.
-No le quiero quitar a usted la razón. Pero yo también tengo razón.
-Sí pero… a medias.
-¡Se acabó! ¿Qué le parece si nos damos la razón a medias? Usted dice que la silla tiene cuatro patas y que el trípode tiene tres patas. Y yo afirmo que no son animales.
-No me parece bien. Yo era quien decía que la silla y el trípode no son animales.
-Es lo mismo. Entonces yo diré que la silla tiene cuatro patas y el trípode, tres.
-Pero no son animales.
-Pero tienen patas.
-Pero reconozca que no son animales.
-Sí lo reconozco. Pero usted reconozca también que tienen patas.
-Lo reconozco.
-¡Vaya! Por fin nos hemos puesto de acuerdo.
-Pero la silla y el trípode no son animales.
-Pero tienen patas.
-Pero no son animales.
-Dejémoslo. Le invito a tomar una cerveza fresquita en el bar de la esquina.
-Acepto. Pero no son animales.
-Pero tienen patas…


La diversidad funcional en el cine español


Son las siete de la mañana. Llaman a la puerta de la casa de mi hija Marta. Es Reyes. Mi hija la estaba esperando a estas tempranas horas porque tenía que hacerle el pelo y maquillarla. Reyes es esteticienne. Y es la mejor amiga de mi hija.
Y es que hoy, 12 de junio de 2015, mi hija lee la tesis doctoral a las diez y media de la mañana.
Mi mujer y yo, que estamos en el apartamento de Benicàssim, hemos quedado con ellas a las nueve. Pasamos a por los abuelos y nos vamos a Castellón, a casa de Marta.
Cuando llegamos, ya nos están esperando. La perrita “Lluna” nos mira con cara de pocos amigos. Sabe que nos vamos a ir todos y la vamos a dejar sola. Ella también hubiera querido ir a la lectura de la tesis de su dueña, pero… se queda mirándonos con carita tristona desde la terraza del piso de mi hija mientras nosotros subimos a los coches y nos vamos camino de la UJI (Universitat Jaume I).
Llegamos con tiempo de sobra. En el hall está sentada en un banco Rosalía Torrent, directora de la tesis junto a su marido Joan Manuel Marín que también es director de la tesis de Marta. Subimos al salón donde se va celebrar la lectura. Es un salón de pequeño tamaño, cómodo, confortable y funcional. Calculo que con capacidad para medio centenar de personas.
Probamos la parte técnica. Luces, micrófonos, ordenador, power point. Todo perfecto.
Ahora solo hay que esperar a que se hagan las diez y media.
Poco a poco va llegando la gente. La mayoría son conocidos y amigos de Marta, a parte de algunos familiares.
Nos vamos acomodando en nuestros asientos.
Entran los miembros del tribunal, Ana María Collado de la Universidad de Castilla-La Mancha, Anacleto Ferrer de la Universidad de Valencia. Y ya por último el presidente del tribunal, Wenceslao Rambla, de la UJI.
Ya estamos todos.
La puerta se cierra.
Se hace un sepulcral silencio.
Marta está tensa mirando al tribunal, esperando que le den la palabra.
Pasa un minuto largo, larguísimo, sin que nadie diga nada.
Por fin, Wenceslao, traje azul marino, corbata rosa, rompe el hielo y le da la palabra a la doctoranda Marta Senent.
Marta empieza su alocución evidentemente nerviosa. Yo la conozco y sé que esto le dura poco más de sesenta segundos. Y así pasa. Poco a poco se tranquiliza y su gesto se relaja y sus palabras adquieren peso y solvencia hasta alcanzar un ritmo rápido, ágil y relajado. Y es que mi hija está muy acostumbrada a estas intervenciones en público. Pero claro, hoy es diferente.



A mi derecha tengo a mi sobrino José Manuel Marín Ramos, que es doctor en química, y no para de decirme al oído que lo está haciendo muy bien, que qué bien se expresa. Yo asiento con delectación sin apartar mi mirada de Marta, que sigue a lo suyo, apoyando sus palabras en amenas diapositivas ilustradas convenientemente con fotogramas de películas y algún que otro preciso y aclarador gráfico.
Han pasado treinta y cinco minutos. Era el tiempo pactado de exposición. Y Marta lo ha clavado. Aplauso espontáneo del público al acabar la exposición. Satisfacción en el rostro de Marta. Ella sabe que lo ha hecho de maravilla. Yo miro las caras del tribunal y advierto buenas sensaciones.
Ahora llega la hora de las preguntas (el fatídico momento de las preguntas que  tanto inquietaban a mi hija). En sus intervenciones, Ana María, Anacleto y Wenceslao se deshacen en elogios. Y formulan preguntas amables que Marta contesta con eficacia y solvencia.
Llega el momento de la deliberación.
Salimos todos fuera, menos los miembros del tribunal.
Pasan diez o quince minutos. La puerta se abre. Ya tienen el veredicto.
Entramos todos y nos quedamos en pie.
Wenceslao lee la valoración. La Tesis defendida por Marta Senent Ramos titulada “La diversidad funcional en el cine español” merece Sobresaliente. Pero, Wenceslao nos advierte que hay aún tres sobres más que se han de leer. Abre el primero. Cum laude. Abre el segundo. Cum laude. Abre el tercero. Cum laude.

Lágrimas de alegría.


                                     Un servidor con mi hija Marta

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