La meva llista de blocs

El semáforo verde


-¡Por fin se ha puesto verde el maldito semáforo!

Después de algunos meses atrapado por la encarnada niebla de la desidia y después de haber visto pasar coches y más coches, el peatón observa feliz y dichoso el cambio de color del semáforo.

Ha sido a la postre una espera densa y productiva. Una espera propicia al descanso y la introspección.

La vida está repleta de semáforos rojos. Y hay que saber esperar
 pacientemente en cada uno de ellos. Porque al final, siempre acaba por ponerse verde.

Durante este tiempo no ha pasado nada del otro mundo. Las vacaciones de verano pasaron. Con sus ratos largos de paseo por la playa, sus baños, sus cálidas lecturas frente al mar y sus noches temperadas por la suave brisa.

Después ha llegado el otoño. Y el curso ha empezado. Y el peatón
 ha pensado con cautela que este curso es muy especial para él. Es el último curso entero que le queda antes de su jubilación. Por eso está tan entusiasmado como cuando hace más de tres décadas empezaba en esto de la enseñanza.


Pero por lo que más contento está de ver el semáforo verde es de la posibilidad de ir otra vez a visitar a sus amigos y amigas…

El semáforo rojo


Los coches pasan veloces por la avenida. Hay un paso de peatones con un semáforo que esta rojo. Junto a él hay un hombre con barba y sombrero esperando a que se ponga verde.
Una mujer de mediana edad se para junto al hombre de la barba.
Pasan unos minutos.
-¡…Si que tarda en ponerse verde!
-¡Si lo sabré yo, señora!
Los coches pasan raudos y muy cerca de los dos peatones. Sus motores y el ruido de la carrocería hacen que las palabras que ha pronunciado el señor de la barba no hayan llegado nítidas a los oídos de la mujer.
-Perdone… ¿Cómo dice?
-Que digo, que si lo sabré yo…
-¿…Y qué es lo que tiene usted que saber, si se puede saber?
-El semáforo, digo. El semáforo.
-¿Y qué pasa con el semáforo?
-Pues ya lo está usted viendo. Que está rojo. Pero rojo de verdad.
-Eso ya lo estoy viendo.
-Pero usted no se lo imagina.
-No me imagino, qué.
-El tiempo que hace que está rojo.
-Pues, por lo menos hace tres o cuatro minutos.
-Tres o cuatro minutos dice….
-Bueno, esa es la impresión que tengo yo.
-Señora… debe usted saber que este semáforo es peligroso.
-Hombre, eso lo tengo claro. Cruzar esta avenida sin semáforo es imposible. O un suicidio.
-Señora, no se fíe usted de este semáforo que es muy traicionero…
-¿Qué me está usted contando…?
-Sí. No tiene piedad de los peatones. Los atrapa y no los suelta nunca.
-No le entiendo.
-Pues le explico. Yo llegué al semáforo con la mejor intención del mundo. Que no era otra que esperar a que se pusiera verde para poder cruzar a la otra parte donde me esperaba mi novia para casarse conmigo. Pero estaba rojo y tuve que esperarme.
-¿Y lleva usted mucho rato esperando?
-Mañana hará dos meses.
-¡Dos meses! Esto es increíble.
-Pero cierto. Este semáforo es como un perro de presa. A quien atrapa ya no lo suelta.
-Entonces, ¿me está usted diciendo que yo también estoy atrapada por este atroz y despiadado semáforo?
-Eso mismo. ¡Atrapada! Pero usted tiene una ventaja sobre mí. Yo estaba solo. Y he pasado estos dos meses solo y casi abandonado. Alimentándome de la buena voluntad de los viandantes. Pero usted no está sola. Me tiene a mí.
-Eso es verdad. Nos tenemos los dos. No estamos solos.
-Pues hay que sacar provecho de ello. Y creo que lo mejor que podemos hacer es casarnos ahora mismo.
-…Pero, ¿y su novia?
-Tranquila, ella no se va enterar de lo nuestro. Además ella está a la otra parte de la calle atrapada por otro semáforo. Seguramente ya se habrá casado con algún pobre desdichado que también ha sido atrapado por el feroz semáforo en rojo.
-¡Amémonos pues bajo la roja luz del semáforo!

-¡Venga! 

Seguidors