Esta mañana me he levantado con
tos. He estado todo el día tosiendo. Por la tarde decido ir a la farmacia a ver
si me dan algo que me alivie esa tos.
La farmacia está llena de gente. Me
pongo en la cola.
Delante de mí hay una chica
joven. No tendrá más allá de los veinte años. Parece extranjera. Por su aspecto
yo diría que es rumana. Va sola. Viste muy sucintamente. Un chándal pasado de
moda de raído color rojo. No lleva bolso. El pelo, moreno, es corto y sin
alardes. Mira nerviosamente y con una más que patente humildad hacia un lado y
otro. Le toca el turno.
-¿Cuánto vale una cajita de
Frenadol? – le dice al dependiente con un claro acento del Este.
El dependiente, algo
desconcertado, mira en el ordenador.
-Cuatro euros con cincuenta
céntimos.
La chica inmediatamente le
contesta:
-¿No tiene algo más barato que
sea parecido al Frenadol?
El dependiente, visiblemente
extrañado, deja la cajita de Frenadol sobre el mostrador y vuelve al ordenador.
-Aquí hay otro producto similar
para el resfriado. Vale cuarenta céntimos menos.
-¿…Y no tiene nada más barato?
El dependiente vacila. Le noto
nervioso y contrariado. Sigue tecleando en el ordenador.
-No. Eso es lo más barato que
tengo.
-Bueno, pues démelo. ¿Cuánto es?
-Cuatro euros con 10 céntimos.
La chica se hurga en el bolsillo
del pantalón y saca unas cuantas monedas; las cuenta y las deposita en el
mostrador.
El dependiente le da el
medicamento y la chica sale de la farmacia.
Yo me quedo pensando.

