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Amistad y negocio


Enfrente de mi casa hay un taller de coches. Por la tarde, después de comer, me gusta mirar por la venta. A las tres abren el taller. Pero un poco antes van llegando los mecánicos. El primero en llegar siempre es el mismo. Cuando faltan diez minutos para las tres aparece él, se trata de un joven de unos treinta años vestido de chándal, zapatillas de deporte y tocado con una gorra de béisbol. Se planta frente a la puerta, las manos en los bolsillos y mascando chicle. Parece un poco arrogante, o chulesco. Mira pasar a la gente con descaro. Yo lo miro como quien no hace la cosa. Pronto viene el jefe, y sin saludarlo, abre la puerta del taller y entra. Desde dentro, el jefe, abre el portalón y entra él. Y casi inmediatamente llega el otro mecánico.
Pero a veces, hoy por ejemplo, cuando me he asomado por la ventana, ya habían llegado los dos empleados. El del chándal y el otro, un chico de su misma edad. Ni se miran. Uno se coloca recostado en la pared, y a una prudencial distancia, permanece de pie el otro. Cuando ha llegado el jefe, la misma historia. Sin saludarlos abre la puerta y uno tras otro entran silenciosamente en el taller.
Parece increíble, pero los tres trabajadores del taller no se hablan entre ellos. Cada cual sabe perfectamente su función y sin decir nada a nadie la cumple. Supongo que el jefe, de vez en cuando tendrá que mandar algo, y entonces se comunicarán. Pero, repito, no existe entre ellos relación humana. Es una suerte de convivencia profesional y mecánica que nada tiene de humana. Yo los observo desde mi balcón, o cuando paso frente a la gran puerta abierta del taller, y los veo, uno hurgando en las entrañas de un coche, otro revisando las ruedas de una furgoneta, y el jefe entablando conversación con los clientes. Y así día tras día.
A mí, que soy gregario por naturaleza, me parece impensable que yo pudiera manejarme así en mi trabajo. Yo no podría entrar por la mañana a trabajar sin dar los buenos días y sin intercambiar algunas frases con mis compañeros. Y sin compartir esos pedacitos de mi vida que diariamente se me ponen en la boca porque necesitan que alguien les escuche y los comprenda.
No, no entiendo de ninguna de las maneras que la persona deba dividirse en dos partes, la personal, y, la profesional. Pero sé que esto pasa. Sé que en este mundo, lo humano no tiene validez pecuniaria. Tiene otra validez infinitamente mejor, pero no es económica. Y por eso, la humanidad, la calidez, la proximidad, la cordialidad son peccata minuta. Algo que sólo utilizado interesada o sibilinamente puede tener su fruto económico. Por eso, como dice un viejo refrán: “La amistad a un lado y el negocio a otro”.
¿Se puede o se debe separar la amistad del negocio? ¿Puede o debe uno perder la amistad por conseguir un buen negocio? O la amistad, la parte personal, está por encima de todo…

Clase de tutoría


Hoy en la clase de tutoría (alumnos de segundo de ESO) hemos estado hablando de la personalidad. Les he hecho reflexionar sobre su personalidad. Mi propósito era que indagaran en su interior y que expusieran sus defectos y virtudes, a fin de cultivarlas o intentar mejorar en la medida de lo posible los defectos.
El resultado ha sido dispar, y casi en todos los casos, previsible.
Pero ha habido una niña, que da la casualidad que es la delegada, porque ha sido elegida democráticamente por sus compañeros, que me ha puesto algo que me gustaría comentar con vosotros y vosotras.
Cuando he cogido su hoja y he leído lo que respondía a la pregunta propuesta, me he quedado sorprendido. Ha reseñado que uno de sus mayores defectos es que es demasiado buena persona.
Yo, cuando lo he visto, lo he corroborado. Sí, es un encanto de niña. Es muy buena persona. Pero yo quitaría el “demasiado”, porque nunca una cualidad puede resultar excesiva. Pero inmediatamente me he dado cuenta que esto lo había colocado en el apartado de defectos y no en el de virtudes. Enseguida la he llamado a mi mesa. Quería que me aclarara el asunto. Por qué había puesto que ser demasiado buena persona lo consideraba un defecto. Y ella, muy resuelta, me ha dicho que como todos saben que ella nunca se enfada y que siempre ayuda a todos, los compañeros no hacen más que pedirle cosas aprovechándose de su bondad. Ella me decía que a veces le daba la impresión de que más que buena persona era boba. Y que le gustaría tener un poco más de mal genio. Para que me tuvieran un poco de miedo, me decía.
Yo le he contestado que la línea entre hacer el bobo y hacer el bien estaba bien clara. Las personas bondadosas tienen que saber decir “no” a lo que no conviene. Las otras, las bobas, no saben discernir entre lo que les conviene y lo que no, y se les puede manipular. Pero yo le he dicho que no era este su caso. Que a ella nadie la manipulaba. Simplemente, y en eso tiene razón, en clase la tienen como aquella compañera que en cualquier momento les puede ayudar en los ejercicios, o en aclarar algún tema, o contarle sus penas o alegrías, porque confían en ella. Ya lo he dicho, es un encanto de niña.
Después de charlar conmigo ha esbozado una sonrisa y creo que me ha comprendido. Pero yo me he quedado pensando. Y ya casi me asalta la duda. ¿Tendrá un límite la bondad? ¿Tendrá razón mi alumna al decir que es demasiado buena persona…?

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