La lluvia caía rítmica y
pausadamente sobre la hierba del parque. El hombre del paraguas había salido a
dar una vuelta. La tarde estaba dando paso lentamente a la noche en medio de la
dulce cantinela de las gotas de la lluvia. El hombre del paraguas había salido
a dar una vuelta porque a él siempre le había gustado oír el soniquete acuoso que
ofrecía el breve cobijo del negro paraguas. Pensaba que tal vez fue su padre
quien le enseñó a amar la lluvia bajo el paraguas. De niño, recordaba, su padre
lo sacaba a pasear bajo la lluvia. Bajo el paraguas y cogido del pantalón de su
padre oía las historias verdaderas y alucinantes que su padre le contaba,
mientras notaba cómo las gotas impactaban ordenadamente en la tela del
paraguas. No importaba que sus zapatos, desgastados de tanto jugar, se mojaran
en los incipientes y vivos charcos. Ni pensaba que tal vez su madre le
regañara. Su padre, alto, poderoso, sabio, le llevaba por las calles del Grao
de Castellón, sin dejar de referir pareceres y cosas que embaucaban a aquel
chiquillo. Su padre, ahora lo sabe bien aquel chiquillo, tenía querencia al
puerto; al muelle donde estaba atracada su barca, la “Dolores”. Y allí que
iban. Cuando llegaban al muelle, la lluvia se confundía con la lenta respiración
del mar. Y aquel chiquillo de antaño aún hoy puede oír los lentos lamentos de
las aguas del puerto al acariciar las empedradas paredes del muelle donde
estaban amarradas las saltarinas barcas. Y hoy, el hombre del paraguas, ha
querido pensar en eso sin importarle ni poco ni mucho, que unas gotas
impertinentes se han desprendido de su ojos soñolientos…
Gracias por visitar este blog. Sé bienvenido/a al blog de las buenas vibraciones. Espero que lo enriquezcas con tus buenas vibraciones. Pensamiento para estos días: "El que sabe pensar, pero no sabe comunicar lo que piensa, está en el mismo lugar del que no sabe pensar" PERICLES (495-429 a.C) estadista y orador griego.
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La niña triste
Estoy en clase de primero C. Es
la hora de después del recreo. Los alumnos han entrado dicharacheros y
juguetones a clase. Poco a poco, se han ido serenando, y ha empezado la clase.
En un momento determinado Jaime
levanta el brazo.
-Miguel, que Eva está llorando…
La miro, y sí, efectivamente.
Parece que está llorando.
-Me acerco hasta ella.
-¿Qué te pasa Eva…?
Aparta las manos de la cara y
aparece un rostro compungido y lloroso. Sobre ambas mejillas se adivinan
caminos blanquecinos de lágrimas resecas.
-Nada…-Responde Eva con un
hilillo de voz entrecortado.
Me quedo mirándola.
-Algo te pasa.
-No me pasa nada, solo que estoy
triste, y ya está…
Comprendo que no quiere hablar,
me doy media vuelta y continúo la clase. Ya se le pasará. De todas maneras, si
quiere algo, si necesita ayuda, aquí estoy yo. Pero Eva sigue callada y triste
en su pupitre sin manifestarse en un sentido u otro. Yo, no tengo otro remedio,
voy a la mía. Hoy estoy explicando cosas divertidas. Les hablo del origen
legendario de Roma. Les cuento las hazañas de Eneas, de Rea Silvia, de Marte,
de Rómulo y Remo… los alumnos están tomando apuntes. Eva, no. Eva ha puesto la
mirada en el blanco inmaculado de su libreta y ha entornado los ojos. No
acierto a entrever hacia dónde van sus pesares.
Suena la música que indica que la
clase ha terminado.
Los alumnos y las alumnas,
ordenada y ruidosamente, recogen sus cosas y van saliendo de la clase.
Yo, de pie, delante de la pizarra
observo distraídamente cómo van saliendo estos chiquillos de apenas trece años,
a la vez que espero a que llegue el próximo curso.
Alguien, por detrás mía, me da
dos golpecitos por la espalda. Me giro. Es Eva.
-Miguel, perdóname…
-¡Que te perdone! ¿Por qué?
-Por haber estado toda la clase
triste.
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