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Las vidas sucesivas


Hablaban el otro día en televisión de un niño escocés de ocho años que desde que tenía dos años hacía claras referencias a hechos y circunstancias que no pertenecían a su vida, sino, aparentemente, a otra vida. Así, se refería a su otra mamá y su otro papá, y a su otra casa, que describía con todo lujo de detalles. Tanto insistía el niño, que le llevaron a psiquiatras y psicólogos para que se le quitara esa manía, pero según pasaba el tiempo, sus “recuerdos” eran más claros y concisos. Ahora daba nombres y apellidos de sus anteriores padres (la familia Robinson) y situaba la casa en un lugar frente a la playa, donde decía que veía como despegaban y aterrizaban los aviones; se trataba de una isla al norte de Escocia (la isla de Barra). La cosa llegó a tal extremo que decidieron viajar hasta allí y comprobar los datos. Y así hicieron.
Cuando llegaron a la isla de Barra, el niño les indicó perfectamente dónde estaba la casa. Reconoció cada uno de los rincones de la vivienda al tiempo que señalaba la ventana desde donde veía las evoluciones de los aviones (pues, en efecto, la casa estaba frente a la playa y allí era donde las avionetas aterrizaban y despegaban) así como su habitación y la de sus hermanos. Faltaba por comprobar si la familia Robinson había habitado aquella casa (en aquel momento el propietario la tenía en alquiler y no vivía nadie) y a ello fueron. Resultó que en la segunda década de los años cuarenta del pasado siglo, efectivamente, la familia Robinson alquiló aquella casa durante unos años. Las pruebas resultaron concluyentes y a partir de entonces empezó a hablarse de reencarnación.
Hechos como éste los hay a montones. Y en todo el mundo. Y en todas las culturas. A mí me parece que estos casos no son fruto ni de la imaginación ni aún menos de la casualidad. Tienen otra explicación. Quizás la misma que las regresiones.
Desde finales del siglo XIX se conoce la técnica de la regresión, esto es, mediante hipnosis recordar hechos pasados de esta vida hasta el momento de nacer…y de antes de nacer… es decir, recordar vidas pasadas.
Es inmensa y variada la bibliografía que hay sobre este tema. Yo descubrí el mundo de las regresiones hace ya tiempo, fue cuando, por pura curiosidad, me dio por comprar el libro de A. de Rochas titulado “Las vidas sucesivas”. No conocía el tema y quedé impresionado. El libro ofrece muestras de múltiples regresiones que el propio A. de Rochas efectuaba a principios del siglo XX con distintos individuos.
Según estas regresiones se ve (porque lo narra el sujeto sometido a la regresión) que entre una vida y otra el individuo se desprende del cuerpo material y está en un lugar indeterminado en forma de espíritu. Parece ser que son momentos en los que buscar, según las deudas kármicas, un lugar y una madre para volver a nacer. Según esto no se podría hablar de mala suerte al nacer con deficiencias físicas, psíquicas o ambientales, pues sería la propia persona la que elegiría su propia vida (desde este estado de “entre vidas”) según lo evolucionada que estuviera su alma. Después de muchas vidas, se alcanzaría un estado evolutivo en el que ya no se reencarnaría más.
¿Qué pensar de la reencarnación? Tanto los casos como el narrado más arriba como las regresiones parecen no ofrecer duda alguna sobre la existencia de otras vidas. Parecen pruebas definitivas, pero la gente parece ser que no acaba de tomarse el tema en serio. Pasa como con los ovnis, que por miles y miles de casos y abducciones que se produzcan, no es políticamente correcto creer en otras vías de conocimiento que no sean las oficiales.

Marzo


Se acaba el invierno. En estas largas tardes crepusculares el sol suspira por colgarse lánguidamente del horizonte. Los días se alargan, el espíritu se ilumina. Pronto vendrá la primavera. Y todo se llenará de color.
Algunas bandadas de pájaros vociferantes corretean por los aires que saben a campo florido. El caminante los mira y sigue su camino sin más. No hay maldad en esta indiferencia, sino sosiego y bondad. El alma, cuando atisba en el templado aire de marzo el vuelo juvenil y alegre de las claras aves volanderas y observa los tibios rayos solares atravesando sus desplegadas alas, siente respeto y admiración por la naturaleza.
El caminante no afloja su marcha, sino que, firme el paso y resuelto el ademán, avanza con primorosa precisión bajo un sol ansioso por quedarse.
Si no fuera por miedo, el caminante se acercaría hasta un pequeño zarzal que brota junto al camino y cogería un ramillete de hierbas frescas y algunas zarzamoras. Pero no se atreve. Es una prudencia vana y excesiva. Pero definitiva.
Considera que, tal vez, ha llegado el momento de ponerse a evocar tiempos pasados. Siempre lo hace. Cuando se siente arropado y tranquilo, como ahora, suelen venirle a la memoria añejas sustancias de su mente. Y él las recibe con alegría y acomodo.
El caminante no tiene claro si cualquier tiempo pasado fue mejor. A veces piensa que sí, y a veces piensa que no. Pero le gusta recrear vivencias infantiles y juveniles. Seguramente soñará con aquellos lejanos días en que el mortecino invierno susurraba con voz muy queda vagas letanías a los naranjos prestos a reventar en mil flores blancas, mientras él transitaba con su pequeño ciclomotor, la cara al viento, el pelo revuelto, por los caminos de los naranjales. Y será feliz.
El caminante cree que para ser feliz basta con proponérselo. Es una filosofía simple y concluyente. Y a ella se acoge siempre que viene al caso. Hoy es feliz porque ha sentido la calidez del sol sobre las montañas azules, y ha notado el incipiente aroma de azahar en el aire, y porque sabe que el mes de marzo, como todos los años, fiel a su cita, se llevará los fríos invernales y traerá la benevolente primavera.

Mi soledad


La soledad me acompaña siempre. Por eso nunca estoy solo. Me gusta estar con mi soledad. Ella me cuenta historias de tiempos pasados, de cuidados actuales, de afanes futuros. Me lo paso bien charlando con ella. Y es que mi soledad es amiga de enredos y habladurías. De chácharas y comadreos, pero también de ensueños y severas meditaciones. Ella fue quien me impulsó a escribir en los blogs. Yo solo no hubiera sido capaz, lo confieso. Pero con su constante presencia me siento plenamente dispuesto a abrir de par en par mis pensamientos y plasmarlos en la pantalla del ordenador. Algunas veces la pantalla se hace estrecha, corta, impotente para describir mis sentimientos, y la apago. Ante la negrura del rectángulo desconectado, hablo cara a cara con mi soledad. Y entonces me cuenta secretos inconfesables. Y yo la dejo hablar. Y siento que una eléctrica ráfaga de felicidad penetra por mi cuerpo. Y la paz envuelve mi ser. Y pienso en cosas vanas y fútiles, y veo que esto me hace feliz. Y entonces me dirijo ufano y cordial hacia ella y sonrío de puro placer.

Nunca, nunca estoy solo con mi soledad.

Eterno retorno


Son casi las ocho de la tarde. Es noche cerrada en la ciudad. El frío invernal hace que la gente vista ropas de graves colores y tupida textura. Las luces de las metálicas farolas emiten una luz artificial que mancha el suelo de un amarillo macilento. Las gentes andan presurosas por la acera. Parece que tienen prisa. Prisa por llegar a sus casas. El día se acaba. Una sensación de finitud invade las calles de la ciudad. Los comercios, uno tras otro, echan sus cierres con un acerado estruendo. Las cajas de cartón se amontonan en las aceras. No se oye hablar a nadie, sólo un murmullo cansino y apagado de despedidas y “hastamañanas” se adivina en el ambiente. La gente va a lo suyo y, cabizbajos, dirigen su pensamiento hacia el calor del hogar que les espera a la vuelta de la esquina.
Volver a casa, esa es la esperanza y el mayor deseo de cada uno de los trabajadores. Estar en su dominio, en su territorio, como animales territoriales que somos, es la máxima dominante a estas crepusculares horas.
Los escaparates han perdido su luminosidad. Se han apagado sus luces y se quedan solos con la noche.
Cada vez que me sorprende el término de una jornada por la calle, pienso indefectiblemente en la fugacidad de la vida y en ese eterno retorno al que aludía el filósofo. Mañana será otro día. Otra vez la alegría de un nuevo despertar inundará las calles ahora tristes y apagadas. Y otra vez la vida recobrará su sentido. Las gentes transitarán sin prisa y con sosiego por delante de los claros escaparates repletos de relucientes objetos que despiertan anhelos entre los paseantes. Y el sol aparecerá por detrás del tejado de un alto edificio indicando con su luz que un nuevo día acaba de nacer.

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