Algunas veces la vida se pone de nuestra parte. Sin ninguna condición previa ni presupuesto alguno, la vida, hay días que se sienta delante de nosotros y nos brinda una sonrisa franca y sincera. Y entonces uno se contagia de esta euforia gratuita que se le ofrece y mira hacia todas partes con ojos brillantes y risueños.
En casa alguien ha abierto la puerta del balcón y se oye corretear a los coches que rugen de pura alegría sobre el pulido asfalto. No quiero cerrar la puerta del balcón. Voy a salir al balcón y voy a mirar el cielo donde duerme el arco iris. Hoy el cielo es azul como en aquellos cuadros que pintaba aquel pintor valenciano. La calle es luminosa y amena. Los viandantes no saben que yo, desde mi atalaya, miro pasar la vida con complacencia y parsimonia. Por eso, ajenos a mi presencia, van a la suya. Me dejo bañar por los rayos del sol. Hoy el sol es más cálido que el de hace unos días, y su fulgor es más claro y nítido que ayer. Por eso las flores se lo agradecen cantando silenciosas y joviales cancioncillas. El aire que se respira es liviano y sabe a azahar. Los pajarillos miran con sus ojillos de metal a los caminantes y éstos les devuelven la mirada sin volverse.
Hoy podría estar horas y horas pensando en cosas nimias, en aconteceres, en proyectos que nunca llevaré a cabo, en aquel mar que me salpicaba con sus agujas espumosas, en el canto monocorde de una cigarra que oí un día sentado bajo un pino, en definitiva, me sentaré a charlar con mi vida y le contaré lo feliz que es vivir.
