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La Barbería de Ángel. "El espejo"


-¡Buenas tardes!
El peluquero se giró rutinariamente y vio a un hombre con sombreo, gabardina y bufanda que conocía muy bien. Era Damián, un viejo cliente de toda la vida.
-¡Buenas y frías, Damián! Entra y siéntate que enseguida estoy contigo.
El peluquero, que se llamaba Ángel, seguía a lo suyo. Estaba acabando de cortar el pelo a un chico joven, que muy serio, miraba a través del espejo cómo iba quedándole su corte de pelo.
Damián, rutinariamente, se sentó en un breve sofá tapizado en rojo carmesí que había a la derecha de la puerta según se entra.
Antes había colocado con mimo y esmero su gabardina, su sombrero y la bufanda en una  percha que había frente al sofá.
-Aquí tienes el “Mediterráneo”, Damián. Viene un reportaje sobre el Tram. Y una noticia sobre el aeropuerto. Parece ser que los jugadores del Villarreal serán los primeros en utilizarlo.
-Ya veo, ya…
La barbería de Ángel es más bien pequeña. Tampoco necesita mucho espacio para él solo. Tiene un sillón de barbero, una pila para lavar la cabeza, un sofá carmesí y una percha con tres ganchos relucientes. La barbería es antigua. Seguramente cuando se jubile Ángel, la cierren. Su hijo ha estudiado una carrera, y su hija ha hecho oposiciones al ayuntamiento y tiene un empleo estable.
Damián permanece en silencio. Alentado por el barbero se afana en leer las noticias que trae el diario local.
Hay una música suave. Es jazz. A Damián el jazz ni le gusta ni le deja de gustar. No le parece mal que esté puesta esa música. A Damián no le molesta. Y casi sin querer se deja atrapar por los acordes melodiosos del piano, el compás cansino de la batería, el pausado y profundo pálpito del contrabajo y la letanía triste del saxofón.
Si se hubiera fijado bien Damián, habría escuchado entre las notas del cuarteto de jazz el metálico y ahogado clic-clac, clic-clac, de las afiladas tijeras al cortar el pelo. Y también el pegajoso ruido que él mismo producía al pasar enérgicamente las grandotas hojas del periódico.
-Bueno, ya está.
Ángel lo había dicho como quien no hace la cosa. Siempre lo decía cuando acababa un servicio con un cliente. Se quedaba unos instantes en posición casi de firmes delante del cliente como esperando su aquiescencia. Y después, sin solución de continuidad le quitaba la bata blanca y la sacudía al aire con evidente oficio. El cliente se levantaba y le pagaba. Este era todo el ritual.
El chico joven salió de la peluquería.
Damián ordenó lo mejor que pudo las hojas del periódico y lo dejó sobre una mesita que había al lado del sofá carmesí. Se levantó y se sentó en el sillón custodiado por Ángel, que le esperaba ya con las tijeras en la mano.
Damián se miró rutinariamente en el enorme espejo que había frente a él. Mirarse en el espejo, así, sin más, siempre le había parecido una gratuita osadía. El espejo no miente. El espejo no sabe de hipocresías. El espejo devuelve a las personas la imagen tal cual. Y esto, pensaba Damián, puede llegar a ser muy cruel. La verdad desnuda. Sin ninguna cortapisa. Esto es muy fuerte. La gente de hoy en día, de esto estaba convencido Damián, no está acostumbrada a este ejercicio atroz de realidad sin límites. Un espejo. ¡Caramba con el espejo! La verdad absoluta. Ahí es nada… Hay que guardar un reverente respeto con los espejos. Por eso, Damián, cuando se enfrenta a uno es capaz de entornar su cuidado y poner la mejor de sus caras. Que dicho sea de paso, no sabe bien cuál es. Se pone serio. No le gusta. Sonríe. Aún menos. La sonrisa forzada le incomoda. No sabe cómo ponerse. En el fondo le gusta su semblante. No lo dice nunca a nadie porque le parece de mala educación. Pero le gusta su cara. Incluso sus arrugas. Le encanta aquella peca que tiene debajo del ojo izquierdo. Y los pecositos mofletes que, según él, le dan un aire juvenil. No sabe si apretar los labios o dejar entrever los dientes. Los dientes los tiene sanos. Él está orgulloso de sus dientes. Tal vez no sean perfectos. Esto no tiene ningún inconveniente en reconocerlo. Pero él siempre ha dicho que un diente torcido en su justa medida tiene su aquel…
Eso sí, su  pelo no le gusta. Está casi calvo. Y por eso no puede hacer filigranas con el peinado. Un ligero rasurado y ya está.
-Como siempre ¿no?
-¡A ver…! 



11 comentaris:

Bertha ha dit...

Un rasurado y si se siente a gusto con su cara; que más quiere...Estoy con él que a veces un diente un poco torcido pero con estilo, da mucho toque:)

-La verdad que los espejos a veces desaniman y en cambio casi nadie pasa sin darse una miradita.

Un abrazo feliz semana.

Luis Antonio ha dit...

Tu entrada me ha traído una anécdota a la memoria: en la primera peluquería que visité en Barcelona recién llegado del pueblo, y en pleno franquismo, el peluquero, muy amable y solícito, me dijo:¿Hablamos de política, de fútbol o prefiere el Playboy?

Supongo que no pocos se imaginarán mi respuesta...

A los espejos, cada año que pasa los ignoro más...

Un abrazo, Miguel

Marinel ha dit...

De un hecho trivial nos haces el favor de dar alas a nuestras neuronas...
Damián no tiene más remedio que rasurarse, pero es positivo en cuanto a lo demás.
Y es que,a la realidad, en este caso ofrecida por el espejo, también se le puede mudar el rostro...
No se si me explico...en fin.
El caso es que siempre enganchan tus entradas.
Besos.

TORO SALVAJE ha dit...

Una escena entrañable.
Para degustar.

Saludos.

Joselu ha dit...

En tu retrato costumbrista de esa barbería has logrado meterme a fondo en la situación: he oído el melodioso ritmo del jazz, el sonido clas clas de las tijeras y el pasar brusco de las paginas de Damián. Luego he visto el espejo y me he mirado en él recordando esa sensación que tengo cuando me pongo frente a frente en las raras ocasiones que voy al barbero, pues ahora me lo cortan en casa. ¡Para lo que hay que hacer! A ver.

El mejor peluquero de mi vida fue una mujer en Logroño hace años. Tenía una peluquería no unisex de esas que se llevan ahora, quia, era una peluquería de caballeros y lo hacía genial. A la profesional, cuyo nombre he olvidado, le atraía ser peluquera de caballeros, más que de damas, y además tenía amplio repertorio de conversación incluido el fútbol para el que lo quisiera. No era lo mío así que hablamos sobre ella y su vocación.

Un detalle mínimo es capaz de recrear un mundo de imágenes con la habilidad de tu péndola.

Un abrazo.

María ha dit...

jaja a DAMIÁN le pasa como a mi cuando me van a hacer una foto que no sé qué cara poner y siempre salgo con cara de circunstancias jaja solo se salvan las fotos que me hacen sin enterarme..¡ que gracioso este hombre! jaja me lo imagino haciendo mil muecas ante el espejo y el pobre Ángel ahí plantado esperando se decida por el gesto a adecuado para dejarse cortar los cuatro pelos de su cabeza .. le podía hacer un trasplante que yo parezco la leona de la metro.. uno de los motivos por los que odio ir a la pelu, cada vez que voy acampo jaja me despido de familiares y amigos dejo hecho el testamento buufff qué tormento.. mínimo tres horas ( es que yo me pongo mechas finitas y con tanta pelambrera eso lleva mucho tiempo :-)


Me ha encantado MIGUEL.. y además tiene buen gusto musical ÁNGEL .. jazz si decido raparme me paso por su barbería.. tú me llevas ¿vale? jaja


Muuchos besos y mil gracias por este ratito.

Hada Isol ♥ ha dit...

Me transportaste con detalles a la barbería,a cada detalle del lugar,vi las caras que Damián puso frente al espejo,comparto su pensamiento,el espejo puede ser cruel pero no es falso,y mirarse es un buen ejercicio,Damián se quiere y eso es bueno,aun con sus arrugas cosa que mucha gente ni asume ni ama,también pensé en la nostalgia de que Don Angel ya no estuviera porque cerraría esta barbería y Damián deberá conocer otro barbero,y eso no es tan fácil cuando uno se acostumbra a ir a un lugar,es como que queda un vacío cuando eso sucede.
Me ha gustado leerte,llegué acelerada,con mis cosas por hacer,quería hacer una pausa y abstraerme un rato,sabía que aquí es posible esa magia y ya ves no me has fallado,me llevaste a una barbería,y no lo esperaba,y ahora si relajada a regresar a mi trajín,gracias y buen día!

Lourdes ha dit...

Pues yo no puedo evitar poner caras cuando me cruzo con un espejo. Vamos, que tampoco me impresionan por lo que se ve... jajajaajajajaaja
:)

Toni ha dit...

Este relato está muy dentro de tu línea,(que yo etiquetaría de realismo-cinematográfico-existencial) nos presentas un personaje corriente en medio de una escena corriente, todo como muy normal y sin ningún hecho destacable, aquí no pasa nada, nunca pasa nada, yo no sé si te limitas a manejar tu cámara (cosa que haces estupendamente)mostrándonos esas escenas tan vívidas a através de tu exquisito estilo de relato, cosa que en sí ya es suficiente para disfrutar de la lectura, o bien si hay una intención en ello a través de la cual pretendes llevarnos a una toma de contacto con la realidad, como más existencial o de fondo(como te limitas a captar la escena, uno no sabe).En cualquier caso has conseguido las dos cosas; el enfrentarse a uno mismo en el espejo desata la duda existencial,¿quien lleva razón el espejo o yo?¿existe la verdad absoluta? parece que resulta tan insoportable esa verdad que preferimos por si acaso no mirarnos mucho en el espejo y refugiarnos en nuestra propia imagen interior,huyendo así del vértigo que causa la verdad cruda del espejo, esa verdad ante la cual el personaje está desarmado y sin argumentos , produciéndole una crisis de identidad, un no saber estar que describes muy bien ; rápidamente el personaje hace un repaso pormenorizado de todo su semblante valorando aquello que son defectos y tratando de consolarse a si mismo a toda costa como diciendo, bueno lo mio no es tan grave, sigo siendo el de siempre, admitiendo por último un único desagrado con su pelo, como diciendo "bueno, nadie es perfecto" quedándose así el hombre satisfecho. Me viene a la cabeza el título de la novela "la insoportable levedad del ser" o el hombre luchando contra su propia insignificancia, en última instancia solo existe el presente...¡y es tan leve!
Esta ha sido mi lectura y te agradezco y felicito pues me has hecho disfrutar y pensar, un abrazo.

Yolanda ha dit...

La vida está hecha de escenas tan aparentemente intrascendentes como ésta, querido Miguel. Un oficio humilde, en vías de extinción, por desgracia, te sirve para narrar un hecho cotidiano, banal, pero lleno de miga. Una sencilla barbería, de las que abundaban no hace tantos años, es el lugar de reunión de clientes habituales, como solía ser la peluquería de señoras. En ambos casos el espejo tiene un lugar privilegiado. Nos miramos por delante, por detrás, inclinamos la cabeza, buscamos el mejor ángulo y pedimos lo que creemos que nos puede favorecer más. Solemos dejarnos guiar por las manos expertas del profesional, convertido no pocas veces en confidente e incluso amigo. Contamos sin apenas pudor por qué deseamos ese corte o tinte, a qué acontecimiento vamos a acudir, cómo iremos vestidos, qué tal nos van las cosas... Es increíble la cantidad de información que damos sin darnos cuenta, vamos, ni en Guantánamo saben tanto de los presos, seguro... Y ese espejo traidor de puro sincero, ay, no se deja engatusar y nos muestra tal como somos, sin maquillaje ni photo shop. Con él no valen trampas, somos o no somos, estamos o no estamos, pero no como quisiéramos ser o como desearíamos estar. Por presumidos que seamos siempre nos vemos defectos, especialmente las mujeres. Por eso buscamos casi un milagro en la peluquería, un peinado rejuvenecedor, un tono más juvenil... Los milagros no existen, pero a veces un pequeño cambio físico nos eleva la moral más que un décimo premiado. Si alguien inventara de verdad un remedio para la calvicie se haría de oro, seguro. La pérdida de pelo se asocia a decadencia y vejez sin remedio, aunque se digan muchas cosas sobre el atractivo de los calvos, tú lo sabrás mejor que yo.
Me encanta tu relato, como siempre. Un fuerte abrazo, colega. A ver si lo peor del invierno ya va pasando...

Rachel ha dit...

Hola Miguel como siempre tus relatos son tan detallistas que nos llevan a ese lugar, a esa barberia, es verdad que los espejos no mienten y está bien que nos miremos en ellos para vernos tal cual. Me llevo una grata sensación.

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