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Harley Davidson


Este fin de semana se ha celebrado en el Grao de Castellón y Benicàssim la XXI concentración internacional de motos Harley Davidson. Más de dos mil motos de dicha legendaria marca han inundado las calles de esta población costera.
El lugar de concentración, como todos los años, ha sido el pinar del Grao. Allí empezaron a llegar con sus rugientes motos los primeros moteros este pasado miércoles. Y ya el viernes se alcanzó el máximo de ocupación, que como ha quedado dicho, superó los dos millares.
Los moteros son personas ya entrada en años. No se trata de jóvenes y adolescentes. Son gentes ya curtidas en la carretera que han desarrollado una pasión: su moto. Y a ella se dedican con verdadero empeño e ilusión. Ver una moto Harley es ver el espíritu puro y libre de su dueño (digo dueño porque la mayoría, por no decir la totalidad de ellos, son hombres, que llevan a cuestas a su mujer, pues suelen venir en parejas)
Es todo un espectáculo ver a estos rudos viajantes, trotamundos impenitentes, enfundados en sus oscuros trajes, evolucionar altivamente por las rutas que más o menos tienen asignadas, según las pertinentes paradas que marcan determinados bares.
El domingo por la mañana tiene lugar el desfile final. Consiste en una marcha por la costa en la que participan prácticamente todas las motos que han llegado a la concentración. El resultado, un vistosísimo y ruidoso carnaval de colores, banderas de todas clases, cascos de las más variadas formas y texturas, cuerpos tatuados, pelos ralos y blancos elegantemente recogidos en coletas, alegría desbordante en todos los participantes…
Y después, ya se inicia la retirada. Poco a poco los moteros van despidiéndose de sus compañeros y emprenden camino de regreso. La paz vuelve a las calles del Grao y de Benicàssim. Y digo esto porque durante el fin de semana que las motos han tomado estos lares, el ruido ha sido constante y ensordecedor. Y hay muchos vecinos que optan por emigrar a lugares más tranquilos durante los días que dura el evento. Sin ir más lejos, mi mujer, mi hija y yo, durante los últimos años, hemos aprovechado los días de esta concentración para ir a visitar cercanas poblaciones, pero este año, justo el sábado teníamos una boda y no pudimos irnos, así que hemos convivido con el ruido y la vistosidad de este acontecimiento anual de las motos Harley Davidson.

¡Puedo volar!


Dicen que hay sueños recurrentes. Sueños que se repiten con una frecuencia más o menos acentuada. Prácticamente todas las personas podemos dar fe de estas experiencias oníricas que pueblan nuestra mente con una periodicidad casi inquietante.
No se trata de la repetición exacta del sueño. Lo que se repite es el tema (soñar con toros, por ejemplo) o la circunstancia (por ejemplo que alguien nos persigue y no podemos correr).
Todas las noches soñamos. Lo que pasa es que no siempre nos acordamos de los sueños, pues éstos se olvidan pasados breves minutos si uno no se despierta. Solamente si la persona que está soñando se despierta en este intervalo de tiempo es cuando se tiene conciencia de haber soñado.
Pues bien, ayer tuve un sueño de esos que podríamos llamar recurrentes. Un sueño que recuerdo haberlo soñado desde pequeño. Pueden pasar diez años entre un sueño y el subsiguiente, pero el sueño se repite. Cambia el escenario, incluso los personajes, pero el sueño está ahí. En definitiva, el sueño se trata de que yo adquiero de pronto la capacidad de flotar en el aire. Y ante el asombro de mis compañeros de juegos (cuando era un crío) o ayer, delante de mi padre (mi padre falleció hace cuatro años) comienzo a levitar con total naturalidad. Y yo, un tanto desconcertado ante esta súbita facultad, miro alrededor sin comprender por qué la gente no puede volar como yo. Entonces me elevo levemente, con gracia y solvencia, y me pongo a la altura del techo de la habitación, mientras los demás me miran con un cierto desconcierto, como no sabiendo qué decir ni qué pensar ante tamaña habilidad. Y yo comienzo a hacer algunas piruetas con facilidad pasmosa. Me doy la vuelta suavemente en el aire, me acerco despacito hasta el suelo hasta casi tocarlo, vuelvo a ascender sutilmente y me quedo allí arriba flotando quieto y sereno mirando a mi padre, que está de pie en el suelo mirándome con una admiración difícil de explicar. Yo estoy feliz con esta extraordinaria volatilidad mía. Y miro a mi padre y le sonrío y sin decir palabra, por telepatía, le digo que es muy fácil, que sólo hay que proponérselo. Así, estirando los brazos y las piernas, respirando hondo… pero él no dice nada, me sigue mirando y yo sigo volando con dulzura.

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