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Luces en el puerto (evocación)


Es de noche. Noche invernal del mes de enero. Aunque está puesto el brasero bajo la mesa camilla, hace frío. Pero yo, jugando por el suelo con mis coches de carreras que me acaban de traer los reyes, no lo siento. Mi madre está en la cocina. Parece que está pelando patatas. Mi padre está pegado a la radio oyendo las noticias. De pronto, mi padre se levanta y se dirige a la cocina.
-No tardes que ya voy a poner las patatas a la sartén.
-Enseguida vengo. Solo mirar si los cabos están bien amarrados, que esta noche vendrá viento.
-Papá, voy contigo.
-Abrígate. Ponte la bufanda que hace frío.
Mi padre y yo, como tantas veces, vamos al muelle pesquero. 
Las calles del Grao de Castellón están vacías.
Llegamos al puerto. Hay un silencio sepulcral. Una oscuridad paliada débilmente por unas escuetas farolas. El cielo, lleno a rebosar de estrellas.
El muelle acoge a una multitud de barcas pesqueras que están atracadas dando su proa a la pétrea riba. La "Dolores", pequeña y ligera, está allí. Cabeceando lentamente al ritmo que las calmas olas de dentro del puerto le marcan. Esperándonos como un perro fiel. Mi padre me dice que me quede junto al muro de la lonja. Que él enseguida viene. De un poderoso y ágil salto mi padre salta a bordo. La oscuridad parece haberlo engullido. Yo me quedo solo. Escucho el chapoteo tenaz y rítmico de las aguas al acariciar las barcas. Lo demás es silencio. Miro las aguas teñidas de luces alargadas y filamentosas que dibujan líneas temblorosas de rojo y verde. El faro lanza voces luminosas amarillas que con puntual intermitencia manchan las aguas del muelle pesquero. Y el cielo, claro como pocas veces, emite miles, millones de puntitos palpitantes que como ojitos siderales parecen estar mirándome.
Entonces llega mi padre. Y me olvido de todo. 
-¿Hacemos una carrera hasta casa?
-¡Vale!

Espíritu navideño


Ya es Navidad. Por unos días la ciudad y los pueblos se transforman. Un aire ameno y luminoso invade las calles. Hay grupos de niños y niñas que de pura alegría gritan  o cantan y desean felices fiestas a los viandantes. Se ven gorritos de papá Noel, cuernecitos de reno. En la plaza Mayor han puesto un árbol de Navidad gigantesco. La gente va y viene con bolsas y paquetes. Otros años hacía más frío. Pero los abrigos, las bufandas y los guantes lucen en la noche invernal. En algunas calles han puesto altavoces y se oyen villancicos. 
Parece que la vida sigue igual. Que aunque han cambiado muchísimas cosas, en el fondo, nada es distinto. Aquella cantinela de los niños de San Ildefonso mientras jugábamos en la calle, aquellos villancicos que nos habían enseñado en la escuela y que sin darnos cuenta tarareábamos, aquel pavo vivo que llevaba la señora Rosita recién comprado del mercado, aquellas ilusiones de los juguetes que nos traerían los reyes magos, aquella sensación de libertad por tener vacaciones, y aquella cena de nochebuena en la que comeríamos turrón, melocotón en almíbar y algún bombón...
En la escuela poníamos un belén. Y en nuestras casas también. Un año, creo recordar que fue en 1963, por la tarde doña Angelita nos llevó a las casas de los alumnos que habían puesto un belén para que lo viéramos. Y delante del belén cantábamos un villancico: "Pero mira cómo beben los peces en el río..." Yo me quedaba mirando los tres caballos del belén que llevaban a los reyes magos...
Esto hay quien dice que es el espíritu navideño. Bueno, podría ser. En cualquier caso, a mí me gusta.
Por eso no me parece bien que en alguna escuela no se celebre la Navidad. Y lo digo porque en la escuela (pública) donde va mi sobrino tienen prohibido cantar villancicos, hacer postales navideñas, poner belenes, nada de árboles de navidad, de estrellas y ni mucho menos, mentar a San José, la virgen María y el niño Jesús...
No sé qué opináis vosotros, pero a mí esta actitud que ha adoptado esta escuela (propiciada por la directora, me consta) me parece un acto de rebeldía estúpido y un gesto de totalitarismo. Porque sé de muchos profesores y profesoras que bien a gusto habrían cantado algún villancico con sus alumnos y habrían confeccionado alguna actividad de plástica con motivos nadiveños... pero esto está estrictamente prohibido en esta escuela.

Que tengáis todos y todas unas felices fiestas y un feliz año nuevo.


Jubilación




Después de treinta y cinco años de estar compartiendo pupitres, pizarra, tiza, ordenador, cañón, powerpoint, con alumnos y alumnas... me llega la jubilación. 
Cientos, millares de vivencias se agolpan en mi mente. Yo las miro y las voy ordenando poco a poco. Son tantos los recuerdos, que embotan mi mente. Por eso, con el cuidado de un orfebre, trato de sacar brillo a estos dorados aconteceres que labraron mi vida como enseñante.
Tal vez sea bueno comenzar estas ensoñaciones por el principio. 
Diciembre de 1983. Escuela "Mártires del magisterio" (Colegio Herrero) en Castellón. La clase es la de Don Alberto Más Usó. El curso es el 4º B. Don Alberto va a cumplir los sesenta y cinco años. A final de mes se jubila. La administración ha tenido a bien que yo comparta la clase con Don Alberto este mes. El último para él, el primero para mí.
Ahí empezó todo. Don Alberto se jubiló el día que empezaban las vacaciones de Navidad. Justo el mismo día que yo (35 años después). La vida, a veces, te hace un guiño, y uno no puede por menos que sonreír sin saber bien por qué...
En estas tres décadas largas de enseñar a los niños a ser mejores personas han pasado muchas cosas. La mayoría buenas. Por eso ahora me voy feliz. Con la sensación de haber hecho lo que buenamente podía. 
Como dije, empecé en Castellón, luego fui al Grao de Castellón, Almassora, Alcora, Cabanes, Villafamés, Quesa, Oropesa y finalmente llegué donde iba a jubilarme: a Benicàssim. Al IES "Violant de Casalduch". Allí pasé veintiún años.
Me voy de las aulas feliz. Sin prisa, y sin apremios. Dejo la enseñanza con la ilusión pueril de descubrir otro mundo. Otro mundo que quizá me esté esperando para compartir conmigo el resto de mis días. Son días mágicos y emocionantes. Jornadas en que no me canso de dar las gracias a todos y todas por haber estado conmigo. Y en estos momentos en que las palabras se hacen cortas para expresar los sentimientos que uno siente, quisiera irme diciendo simplemente que fue bonito mientras duró. El mundo de la enseñanza sigue y seguirá. Un mundo mejor, quiero pensar, les espera a los jóvenes profesionales que tomarán el relevo. A todos ellos y ellas (y el alumnado, por supuesto) me gustaría dedicar esta despedida.

La cajita


Yo creo que todos hemos tenido alguna vez una cajita donde íbamos metiendo retales de nuestra vida. Yo tuve una. Tenía ocho años, y la conservé durante unos años. Esas cajitas suelen ser breves y modestas. La mía era de cartón. Tenía una tapa abatible y funcional. Era de color verde. Y suave al tacto. Tiempo atrás había sido una caja de zapatos. Pero ahora era la guardiana de mis pequeñas cosas.


Allí dentro de la cajita de cartón había cosas que merecían mi respeto y admiración.

De vez en cuando cogía la cajita y la abría. Miraba lo que había dentro. Sacaba algunas cosas. Las acariciaba, las observaba. Se las enseñaba a mis amigos, y luego, con ritual cuidado, las volvía a meter en el interior de la caja.

Allí había cosas realmente valiosas. Algunas ni si quiera sabía cómo habían llegado hasta allí. Lo más valioso era un fragmento del tamaño de una avellana de un mineral metálico tallado en irregulares caras que tiempo después descubrí que se trataba de pirita de hierro. Era mi tesoro. La estrella de mi colección. Mis amigos, cuando lo tocaban, y observaban su extraño brillo, me envidiaban en silencio. También había una porcelana de color marrón. La porcelana es un caracol marino que tiene un caparazón suave y brillante como de porcelana. Mi porcelana la había pescado mi padre tiempo atrás. Se la regaló a mi madre. Pero ahora era mía. También tenía un fajo de cromos de los Beatles en blanco y negro atados con una gomita. Y algunas cosas más…

La cajita se fue haciendo vieja, como se hacen viejos los recuerdos… Y un día desapareció la porcelana… otro día no supe de los cromos… el precioso metal de hierro perdió mi cuidado y no lo volví a ver. Y un día, como quien no hace la cosa, me dio por pensar en la cajita. Y fui a mirar debajo del armario. La cajita ya no estaba allí. ¡Claro! ¡después de tanto tiempo! La culpa fue mía por perder su cuidado. Pero bien pensado, tras los años los intereses cambian. Y mis pequeñas cosas se habían transformado en inmortales recuerdos. Y fui feliz.

Misterio en el instituto


Hace un par de semanas que en mi instituto pasa algo misterioso. Los servicios del segundo piso huelen a humo de tabaco. Esto no sería nada extraño ni sorprendente si no fuera porque esto pasa a las ocho de la mañana. Justo cuando los conserjes acaban de abrir las puertas del instituto. Es imposible que nadie haya fumado porque yo, que suelo llegar a estas tempranas horas, soy el primero que subo a este segundo piso. Pero el tufo a cigarro está ahí: en los servicios que hay al final del largo pasillo del segundo piso. Como sea que mi aula está al principio del pasillo, no noto el olor. Pero una compañera que tiene su clase al lado de los servicios me lo dijo hace quince días. Y era verdad. Allí alguien había fumado. Y a esas horas no había nadie. Ni alumnos, ni profesores.
Han pasado los días y hoy, a las ocho y un minuto subía yo a mi clase. Pero esta vez no estaba solo del todo. Delante de mí subía una alumna de segundo de bachillerato que se dirigía al segundo piso. Yo me quedo en mi clase, al inicio del pasillo. Ella va hacia el final del pasillo camino de los servicios.
¡Ya está! ¡ya sé quién es la persona que fuma a estas horas!

Pero mientras metía la llave en la puerta de mi aula noto que alguien me llama. Es ella, la alumna que iba a los servicios. Y me dice que allí hace un olor insoportable a tabaco. Voy, y lo compruebo. El misterio sigue...

Depende...


Un bar. Hay una chica sentada a la barra en un taburete. No parece que se esté tomando nada.  Entra un señor de mediana edad. Se acerca a ella y se pone a hablarle

-Pues ahí donde usted me ve, señorita, yo no aparento la edad que tengo.
-No, si en cuanto le he visto entrar en el bar me he dicho: "Este señor aparenta menos edad de la que tiene"
-La gente no sabe la edad que tengo porque a mí no me gusta presumir. Por cierto, ¿tendría usted la bondad de decirme cuántos años tiene?
-Hoy mismo cumplo 25 años.
-¡Qué barbaridad! ¡Yo a su edad tenía 40!
-¡No es posible!
-¡Sí, es que cogí una gripe... me subió la fiebre y no había manera de bajármela. ¡Ni con aspirinas se me bajaba la fiebre!
-Pobrecito. Me da usted pena.
-¿...Y viene mucho por aquí, señorita?
-Solo los días que cumplo años.
-¿Y cumple años usted muchas veces?
-Pocas. Solo una vez al año. Justo el día de mi cumpleaños.
-¡Qué feliz coincidencia!
-Y aquí estoy yo a ver si alguien me invita a una copa...
-¡Oh, perdone señorita! No me había fijado. ¿Le apetece una copa?
-¿Pretende usted ligar conmigo...?
- Eso depende...
-¿Y de qué depende, si se puede saber?
-De lo alta que sea usted. Porque a mí no me gustan las chicas bajitas. ¿Por cierto, cuánto mide usted? 
-Eso depende...
-¿Y de qué depende, si se puede saber?
-De si estoy sentada o de pie. Mire. Ahora estoy sentada, pues si me levanto mido mucho más... ¿Quiere que me levante?
-Si no le sirve de molestia...

La chica se levanta del taburete

-¿Eh, qué le parece?
-No está nada mal. Tenía usted razón. De pie es mucho más alta...
-Eso también depende.
-¿Y de qué depende, si se puede saber?
-De los tacones. Si me pongo tacones soy más alta.
-Me ha convencido totalmente. ¿Quiere usted casarse conmigo?
-Eso depende
-¿Y de qué depende, si se puede saber?

La chica se sienta

-Pues de la edad que usted tenga.
-Eso depende.
-¿Y de qué depende, si se puede saber?
-De la edad que aparento.
-Usted no aparenta tener ninguna edad.
-Pues entonces no me caso con usted.
-Pues yo no me voy a poner tacones.
-Y yo no le voy a invitar a una copa.
-Pues adiós muy buenas.
-Adiós muy buenas...

El señor da media vuelta y sale del bar. La chica llama al camarero.

Después de la lluvia...


Esta tarde le ha dado por llover. He llevado a mi madre al dentista con el sol animando la tarde. Es cierto que en el cielo había nubes. Pero no le hemos dado importancia. No hemos cogido el paraguas. Por la mañana ya había llovido. No era cosa de que se pusiese a llover por la tarde…
Pero cuando hemos salido del dentista, ha empezado a llover. Y ha llovido con ganas. Un aguacero que no ha parado hasta una hora más tarde.
Después de la lluvia he sacado a pasear a la perrita de mi hija. Lluna, así se llama la perrita, me ha llevado al parque que hay al lado de mi casa.
El parque estaba vacío de niños. La hierba estaba mojada. La tierra, blanda. Los árboles rezumaban lluvia. Los pajarillos gritaban alegremente frases ininteligibles. Los patos se paseaban pesadamente por todo el parque. En los bancos no había nadie sentado. Tal vez el parque estaba triste. Pero el sol asomaba sin disimulo tras una nube que se derretía a ojos vista.

Un rayo de sol vespertino cegó mis ojos. No me he puesto las gafas de sol. Las gotitas siguen cayendo de las hojas puntiagudas de los árboles. Parece que llueve, pero no. Es el árbol que se despereza. El sol cada vez es más amarillo. La vida, casi como quien no hace la cosa, vuelve a la normalidad. Y uno, sin darse cuenta, aprieta los dientes de pura satisfacción, mientras imperceptiblemente asiente con fuerza a los dictados que le ofrece la naturaleza…

El semáforo verde


-¡Por fin se ha puesto verde el maldito semáforo!

Después de algunos meses atrapado por la encarnada niebla de la desidia y después de haber visto pasar coches y más coches, el peatón observa feliz y dichoso el cambio de color del semáforo.

Ha sido a la postre una espera densa y productiva. Una espera propicia al descanso y la introspección.

La vida está repleta de semáforos rojos. Y hay que saber esperar
 pacientemente en cada uno de ellos. Porque al final, siempre acaba por ponerse verde.

Durante este tiempo no ha pasado nada del otro mundo. Las vacaciones de verano pasaron. Con sus ratos largos de paseo por la playa, sus baños, sus cálidas lecturas frente al mar y sus noches temperadas por la suave brisa.

Después ha llegado el otoño. Y el curso ha empezado. Y el peatón
 ha pensado con cautela que este curso es muy especial para él. Es el último curso entero que le queda antes de su jubilación. Por eso está tan entusiasmado como cuando hace más de tres décadas empezaba en esto de la enseñanza.


Pero por lo que más contento está de ver el semáforo verde es de la posibilidad de ir otra vez a visitar a sus amigos y amigas…

El semáforo rojo


Los coches pasan veloces por la avenida. Hay un paso de peatones con un semáforo que esta rojo. Junto a él hay un hombre con barba y sombrero esperando a que se ponga verde.
Una mujer de mediana edad se para junto al hombre de la barba.
Pasan unos minutos.
-¡…Si que tarda en ponerse verde!
-¡Si lo sabré yo, señora!
Los coches pasan raudos y muy cerca de los dos peatones. Sus motores y el ruido de la carrocería hacen que las palabras que ha pronunciado el señor de la barba no hayan llegado nítidas a los oídos de la mujer.
-Perdone… ¿Cómo dice?
-Que digo, que si lo sabré yo…
-¿…Y qué es lo que tiene usted que saber, si se puede saber?
-El semáforo, digo. El semáforo.
-¿Y qué pasa con el semáforo?
-Pues ya lo está usted viendo. Que está rojo. Pero rojo de verdad.
-Eso ya lo estoy viendo.
-Pero usted no se lo imagina.
-No me imagino, qué.
-El tiempo que hace que está rojo.
-Pues, por lo menos hace tres o cuatro minutos.
-Tres o cuatro minutos dice….
-Bueno, esa es la impresión que tengo yo.
-Señora… debe usted saber que este semáforo es peligroso.
-Hombre, eso lo tengo claro. Cruzar esta avenida sin semáforo es imposible. O un suicidio.
-Señora, no se fíe usted de este semáforo que es muy traicionero…
-¿Qué me está usted contando…?
-Sí. No tiene piedad de los peatones. Los atrapa y no los suelta nunca.
-No le entiendo.
-Pues le explico. Yo llegué al semáforo con la mejor intención del mundo. Que no era otra que esperar a que se pusiera verde para poder cruzar a la otra parte donde me esperaba mi novia para casarse conmigo. Pero estaba rojo y tuve que esperarme.
-¿Y lleva usted mucho rato esperando?
-Mañana hará dos meses.
-¡Dos meses! Esto es increíble.
-Pero cierto. Este semáforo es como un perro de presa. A quien atrapa ya no lo suelta.
-Entonces, ¿me está usted diciendo que yo también estoy atrapada por este atroz y despiadado semáforo?
-Eso mismo. ¡Atrapada! Pero usted tiene una ventaja sobre mí. Yo estaba solo. Y he pasado estos dos meses solo y casi abandonado. Alimentándome de la buena voluntad de los viandantes. Pero usted no está sola. Me tiene a mí.
-Eso es verdad. Nos tenemos los dos. No estamos solos.
-Pues hay que sacar provecho de ello. Y creo que lo mejor que podemos hacer es casarnos ahora mismo.
-…Pero, ¿y su novia?
-Tranquila, ella no se va enterar de lo nuestro. Además ella está a la otra parte de la calle atrapada por otro semáforo. Seguramente ya se habrá casado con algún pobre desdichado que también ha sido atrapado por el feroz semáforo en rojo.
-¡Amémonos pues bajo la roja luz del semáforo!

-¡Venga! 

Don Manuel se compra un televisor (y II)


Don Manuel siguió leyendo: “Si pulsa la tecla DS, tendrá al instante toda la programación del día siguiente.”
Aquello sonaba raro. Pero sonaba bien. Si sabía de antemano que un programa no lo podría ver mañana, lo podría ver hoy. No dejaba de ser práctico.
Primero probó con la tecla DA. Estaban emitiendo las noticias del día anterior. Albert Rivera acababa de aterrizar en Venezuela. Si él supiera que no le dejarían entrevistarse con ninguno de los líderes de la oposición... Pero claro, don Manuel jugaba con ventaja. Él veía las cosas desde el futuro. Se sentía un espectador privilegiado. Una especie de demiurgo que sabía lo que iba a pasar. De pronto se quedó pensando. Y miró la tecla DS. “Día siguiente” ¿También darían las noticias del día siguiente...? Lo sabría en seguida. Pulsó la tecla DS. Y al instante aparecieron en pantalla los jugadores del R. Madrid en la plaza de Cibeles celebrando la consecución de la champions. ¡Pero si este partido se juega hoy!
Aquello le puso muy nervioso a Don Manuel. Cogió el libro de instrucciones y se puso a buscar la marca del televisor. No la encontró. Se levantó como impulsado por un resorte y fue hasta el televisor. Tampoco había señal alguna que indicara la marca de aquel extraño aparato.
Don Manuel estaba sudando a mares. Y en la tele, el locutor seguía narrando la hazaña del equipo blanco que ayer (hoy) había vencido por penaltis al Atlético de Madrid.
Sonó el teléfono. Don Manuel se quedó mirándolo y dudó si contestar o no. Decidió contestar.

-Manolo, soy Julián.
-Hola Julián.
-Nada, que hemos quedado en el “Euromar” a ver el partido. Que si te apuntas. Esta vez les ganamos. Seguro. Una vez pueden tener suerte, pero ya dos... además, tenemos mejor equipo, Manolo. ¡Que por fin seremos campeones de Europa...!

Don Manuel estuvo a punto de decir que no, que íbamos a perder. Que lo acababa de ver en la tele. Pero se dio cuenta de la barbaridad que estaba a punto de decir y se calló.

-Manolo, te has quedado callado. ¿Qué, te animas?
-No Julián. No me encuentro bien. Me duele la cabeza. Prefiero quedarme en casa a ver si se me pasa.
-Pues nada Manolo. Cuídate. ¡Aupa el atleti!
-Eso... ¡aupa el atleti...!

Y colgó.
Don Manuel apagó con furia el televisor. Se recostó en el sillón y miró el techo. Abrió los ojos exageradamente y se quedó observando fijamente una mancha del techo mientras su mente se perdía en un laberinto de preguntas sin respuesta.
Supuso que habría muchas personas que habrían comprado un aparato como el suyo. Que no sería el único. Esto le tranquilizó. Pero esto no podía ser. Aquello no podía estar pasando.
De pronto sintió un deseo irrefrenable de salir y dirigirse al establecimiento donde había comprado el televisor. Se lo contaría todo al técnico y saldría de dudas.
Bajó a toda prisa las escaleras y en poco menos de un cuarto de hora llegó a la calle donde estaba la casa de electrodomésticos donde ayer compró el televisor.
Pero allí no había ninguna casa de electrodomésticos.
Don Manuel miró a un lado y otro y no encontró respuesta. Justo donde ayer había una casa de electrodomésticos en donde él compró un televisor, había una puerta cerrada con un letrero. Se acercó y leyó:

Tanatorio DS próxima apertura”



Don Manuel se compra un televisor (I)


-Don Manuel, ¿por qué no se compra usted una tele nueva?
La señora de la limpieza decía esto mientras quitaba el polvo al viejo televisor que presidía la salita de estar de la casa de don Manuel.
La tele de don Manuel era una tele vieja. Pudiera ser que tuviera treinta años. Tal vez más.
-Una tele de esas de plasma, digo. Que se sienta uno a ver la tele y parece que esté en el cine…
Don Manuel se quedó mirando su vetusto aparato de tele… y decidió comprarse uno nuevo.
-Me has convencido Carmencita, esta tarde iré al centro a ver si me compro un televisor de esos.
-Hará usted bien don Manuel. Verá como no se arrepentirá.
Don Manuel fue al centro. Después de un buen rodeo dio con una casa de electrodomésticos.
Entró.
Al cabo de quince minutos ya había cerrado el trato. Se compró un magnífico televisor que mañana por la tarde tendría instalado en su casa tal como le prometió el empleado.
Al día siguiente, puntual, llegó el técnico y le instaló el televisor. Le explicó muy rápido el funcionamiento del aparato. Y le dio un manual con las instrucciones. Don Manuel, que no se había enterado casi de nada, solo de poner en marcha el aparato, cambiar canales y apagarlo, se sintió tranquilizado cuando tuvo el mamotreto del manual del usuario del televisor en su mano.
El técnico se fue y él se quedó solo frente al flamante televisor.
Lo enchufó. ¡Zas! A la primera. Y cambió de canal. De maravilla. Bien. Ahora iba a sentarse y, con calma iba a desmenuzar las mil prestaciones y aplicaciones que tenía aquel aparato que parecía había salido de una película de ciencia ficción.
Primero quería echar una ojeada a todo sin pararse en nada en concreto. Luego ya se vería.
A veces, había cosas que se las saltaba directamente porque no las entendía. Pero hubo algo que le llamó la atención y se paró a ver qué era aquello.
Eran dos teclas gemelas. En una ponía DA y en la otra, DS.
Empezó por la DA, eran las iniciales de “Día Antes”. “Si pulsa usted esta tecla tendrá al instante la programación que justo hace 24 horas se estaba emitiendo”
Le pareció interesante. Y muy práctica. Así si un día no podía ver algún programa, le daba al botón, y todo resuelto. Un gran adelanto. Don Manuel empezaba a estar verdaderamente satisfecho de su compra.

Bien, ahora pasó a ver qué era eso de DS.

Continuará....

Felicidad y riqueza


En la barbería de Ángel se respira el cambio de estación. Estos últimos días de mayo es lo que tienen. Ya va haciendo calorcito y los comentarios suelen girar alrededor de este tema.
-Deja la puerta abierta Pedro, que entre un poco de aire que aquí nos asfixiamos – le dice Ángel a un cliente que acaba de entrar en la barbería.
-Pues sí, porque parece que ya estemos en verano…
-A lo mejor aún es pronto para poner el aire acondicionado…
Las palabras de Ángel no han tenido contestación, aunque hay que decir que Ángel más que una pregunta lanzó un pensamiento al aire sin esperar respuesta.
En la barbería hay tres personas. Damián, que está sentado en el sofá rojo leyendo el periódico esperando su turno, Ángel, que está cortando el pelo a un cliente, y Pedro, que acaba de llegar.
Pedro, exhalando un sonoro suspiro se ha sentado al lado de Damián.
-¡27 grados marcaba el termómetro de la Puerta del Sol! Y eso que aún no son las doce…
-Ya…
Hay a continuación un pegajoso silencio solo roto por las metálicas notas de las tijeras de Ángel que maneja con un ritmo vertiginoso.
De pronto Damián toma la palabra.
-Mirad qué máxima más lúcida hay aquí en el periódico a modo de chiste:
“La desgracia: ser pobre y querer vivir como un rico. La felicidad: ser rico y querer vivir como un pobre”

Todos se quedaron pensando sin saber qué decir.

El maniquí



En el escaparate había un maniquí muy serio vestido con un contundente mono azul. Tenía la mirada altiva y el rostro sereno. La tez morena y los ojos de un azul indefinido. Parecía que miraba a la gente que pasaba junto a él.
No siempre llevaba el mismo vestido. A veces le cambiaban el mono azul por otro color caqui. Incluso hubo un tiempo que iba tocado con una bata blanca. Parecía un médico.
El maniquí era alto y fornido.
Los brazos en jarra, la cabeza ligeramente levantada, y las piernas, una ligeramente adelantada a la otra, hacían concebir en aquella estatua de plástico un irreal e inquietante movimiento.
Pero él no se movía. Estaba perpetuamente quieto. Condenado eternamente a un atroz reposo. Cumpliendo perfectamente su misión de maniquí.
Una tarde, cuando el dueño de la tienda fue a cerrar, se dio cuenta que el maniquí no estaba.
Alguien lo había robado. Había desaparecido con su mono azul y su gorro de paja que graciosamente le había puesto la hija del dueño.
Pero quién puede robar un maniquí. Se rió al pensar que en una canción de Joan Manuel Serrat que se llama “de cartón piedra” sí que hay un demente que roba una maniquí. Pero esto es literatura. Esto no pasa en la realidad. Y la realidad no era más que esta: el maniquí no estaba en el escaparate. Alguien se lo había llevado.
La puerta estuvo abierta toda la tarde. Es posible que algún gamberro entrara furtivamente y se lo llevara. ¡Quién sabe! y ¡Qué más da!  Comprarían otro y caso cerrado.
Una tarde lluviosa del mes de mayo alguien entró silenciosamente en el establecimiento. Llevaba un mono azul y un sombrero de paja. Tanto el sombrero como el mono estaban mojados por la persistente lluvia. El recién llegado, sin decir esta boca es mía, se dirigió hacia el escaparate y se quedó allí. Y allí quedó quieto.
El dueño del comercio y su hija quedaron sorprendidos. Y más aún cuando creyeron oír una neutra voz que dijo:
-Es que ya estaba harto de tanta lluvia… 


Ana te presta su espejo


Mi hija Marta acaba de sacar a la venta su segundo libro: “Ana te presta su espejo”. Yo lo recomiendo a todos y a todas. Es un libro mitad memorias y mitad ensayo, que habla sobre la discapacidad. Está escrito en forma autobiográfica. Arranca en el año 1990, cuando Marta (Ana, en el libro) tiene seis añitos y termina en el año 2020. Sí, en el futuro. Es un libro que está escrito a golpe de recuerdos, o más bien, a golpe de pálpitos de corazón. A veces es duro y terrible como lo es la realidad, a veces es liviano y prosaico como la realidad y a veces la realidad se confunde con la ficción, porque si lees este libro, te verás involucrado en una situación rara de compromiso hacia aquellas personas que se apartan un poco de la norma sin dejar de ser normales.
Es un libro excelente. No estoy hablando de literatura. Estoy hablando de excelencia. No dejéis de leerlo. Os lo recomiendo.

Pero la finalidad de esta entrada es doble. Por una parte lo dicho hasta ahora. Y por otra, lo que sigue a continuación.


Pues bien, la librería de Castellón “Argot” hoy ha

puesto a la venta (en plenas fiestas de la Magdalena) el mencionado libro. Y ha tenido la deferencia de dedicar un escaparate entero al libro de mi hija. Y al lado del libro “Ana te presta su espejo”, como es costumbre por fiestas ha colocado una serie de libros de temática taurina. Desde acuarelas, hasta tratados, pasando por fotos de ejemplares de toros y biografías de toreros. Todo acorde con la fiesta.

Pero hay gente que no transige con todo. Es más,
 solo transige con lo suyo. Y las maneras de hacer pensar al resto de la humanidad como ellos piensan (¡qué manía que todos tengan que pensar lo mismo, con lo bonita que es la diversidad!) consiste en usar la violencia (hay muchas clases de violencia. No solo es violencia poner bombas), y no el diálogo y el debate. Y esta mañana, cuando Ismael y Juanvi (los dueños de Argot) han ido a abrir la librería, se han encontrado con una pintada que ponía “tortura no es cultura” (refiriéndose a los toros, claro) La cosa no ha ido a más. Han llamado a una brigada de limpieza, lo han limpiado, han pagado, y aquí paz y después gloria.

En los albores de la democracia, recuerdo, allá a finales de los setenta del pasado siglo y los primeros años ochenta, estaba de moda quemar librerías que vendían libros con una determinada ideología. Yo creía que esto ya estaba superado, pero parece que no.

Tenemos la suerte que en España las librerías guardan en su seno libros de todo tipo. Sin censura ninguna. De ideas peregrinas, de ideas extremas, en fin, de ideas de toda clase. Sumergirse en una librería es hacer un viaje por la libertad en el mejor sentido de la palabra. Y uno, cuando manosea y hojea los libros se siente henchido de libertad.
Si no se quiere leer libros sobre tauromaquia, lo mejor que puede hacer uno es no comprarlos.

Ensuciar el escaparate de una librería y pretender

 limitar la libertad de expresión, no es cultura.




Si quieres tener un ejemplar de "Ana te presta su 

espejo" Haz clic aquí.



En el tren (15 a.M)


(año 15 a.M)
(año 15 antes del móvil)
(Una cochera del tren con solo dos personas que están sentadas una junto a la otra. El tren está parado)

1-¿Es usted de Barcelona?
2-No.
1-No, si es que en cuanto le he visto me he dicho, este señor tiene que ser extranjero.
2-¿Y usted como sabe que soy extranjero?
1-Porque lo lleva escrito en el billete.
2-¿En qué billete?
1-No se alarme usted caballero que yo no soy ningún revisor disfrazado. Ya sé que usted ha subido al tren sin billete.
2-¿Y cómo sabe usted que yo soy un ladrón?
1-Me lo ha dicho el revisor.
2-Los revisores no tienen ni idea de a qué nos dedicamos los extranjeros.
1-Por cierto ¿a qué se dedica usted?
2-Yo soy pastor. ¿Qué no se me nota?
1-Un poco, es verdad. Pero podría pasar usted tranquilamente por un ladrón de billetes falsos.
2-No es por presumir, pero ayer me confundieron con Sofía Loren.
1-Pero Sofía Loren no es una ladrona. Sofía Loren paga religiosamente su billete de tren.
2-Ya, pero nosotros los pastores tenemos el deber de cumplir con nuestra obligación. 
1-Por cierto, me ha dicho usted que es pastor. Pero, ¿pastor de almas?
2-No. De gambas.
1-¡Ah! Bonita profesión. Pero, permita que insista, ¿de gambas de mar o de las otras?
2-De las otras, de las otras…
1-A mi me encantan las ostras…
2-Pues nada, en cuanto lleguemos, le invito a unas gambas a la plancha.
1-Ahora que lo dice, ¿falta mucho para llegar a Lugo?
2-No lo sé, porque este tren no va a Lugo. Es más, no va a ninguna parte porque está parado.
1-Y ¿por qué se sube usted a un tren que no va ninguna parte? Y además, sin billete.
2-Porque tengo aquí en este saco un kilo de ostras que he traído para el revisor.
1-Me encantan las gambas…
2-Pues nada, en cuanto lleguemos, le presento a Sofía Loren, y le invita usted a unas ostras…
1-Lo malo es que este tren no funciona. Y así no vamos a llegar nunca.
2-Pues coja usted un taxi.
1-Es que los taxis son más caros. Y como yo soy pobre…
2-¡Ah! ¡Es usted pobre! ¡Qué calladito se lo tenía!
1-No, que no me gusta presumir.
2-Pues esto hay que celebrarlo.
1-Eso. Le invito a una ración de gambas.
2-Perdone, pero se me había olvidado decírselo, como soy extranjero no hablo su idioma. Y claro, no le he entendido nada de lo que me ha dicho.
1-Ah no importa yo hablo extranjero perfectamente.
2-Menos mal porque si no, a ver qué hago yo con este saco de ostras…
1-Lo malo es que este tren no funciona. Ya le digo.
2-Entonces, ¿cuándo calcula usted que llegaremos a Barcelona?
1-No sé, no sé… a lo mejor dentro de quince años arreglan el tren y…
2-Pues voy a mandarle un washaap a mi nuera.
1-¡Pero qué dice usted! Si los móviles aún no se han inventado.
2-¡Caramba, es verdad! ¿Y cree usted que tardarán mucho en inventarlos?
1-Pues más o menos dentro de unos quince años tendrá usted el móvil.
2-Bueno, pero entonces ya habremos llegado a Barcelona. Y, ¿para qué quiero yo un móvil si mi nuera ya sabe que he llegado?
1-Tiene usted razón.





El pajarillo azul


El paseante pasea sin asomo de prisa por las calles urbanas de su ciudad. A veces va a pasear por otros sitios. Pero hoy está caminando con parsimonia por el centro de la ciudad. No sabe qué hora es, ni falta que le hace. El paseante, cuando se va a pasear, no lleva reloj. Una vez, hace ya años, pensó que el tiempo es la clave para ser feliz. Bueno, una de las claves. Administrar bien ese concepto inclasificable y mágico es propio de los sabios. Aquel día estaba muy lejos de saber que un día llegaría a ser feliz.
Mientras cavila esto ve pasar a un hombre mayor con un bastón. Se encuentra con otro anciano y se saludan vivamente. Sonríen y hacen aspavientos. Seguramente serán amigos. A lo mejor hace tiempo que no se ven. El reencuentro siempre es agradable.
La calle está repleta de comercios. Ropa. Alimentación. Móviles. Libros. Peluquerías. Bares. La calle es una invitación a comprar. Y esto al paseante no le preocupa ni poco ni mucho. Se para delante de una óptica sin saber bien por qué. Y se queda mirando las gafas que hay en el escaparate. Luego se va. Y se topa con una farmacia. Hay cola. Bueno, y qué. Él pasa de largo. Si alguien se hubiera fijado al cruzarse con el paseante, hubiera advertido que en su rostro se dibujaba imperceptible una media sonrisa. La gente que hay sentada en las terrazas de los bares habla por los codos. Respiran paz. La paz da pie a muchas cosas, como por ejemplo hablar por hablar. O pasear tranquilamente. Paz. La paz inunda las calles de la ciudad. Hay un trino de un pájaro. Sus notas monocordes refuerzan esa paz que permite que las personas campen a sus anchas.
El paseante piensa que la paz es fundamental para la vida feliz. Y no cree que nadie pueda refutarle esta trivial y elemental teoría.
Cuando está a punto de cruzar la acera, el paseante acierta a ver de dónde vienen estos festivos gorjeos. Es un pajarito azul con tonos verdosos que canta a pleno pulmón desde su jaulita de barrotes de finos alambres.
El paseante lo mira. Y quiere pensar que el pajarito azul y verdoso también le mira a él. Pero de esto no está seguro. Lo que sí ve es que su piquito afilado y amarillo picotea intermitentemente lo que parece ser una puertecilla. Se queda pensando. ¿Querrá salir de su jaula? ¿Para qué…?
Al paseante, de momento le viene a la mente una frase que escuchó no hace mucho en una película española que iba sobre la guerra civil: “Ahora tenemos paz. Sí. Pero ¿para qué queremos la paz si no tenemos libertad?”

Y se fue a su casa pensativo. Pensando en el simpático y grácil pajarillo azul y verdoso…

Refugiados


Cuando descendemos el puerto de l’Illa, tras una revuelta aparece en la lejanía una enorme llanura que termina en una mancha azul que es el mar. Nuestro mar. Sole, al volante, seria y diligente, enfila la autopista con decisión y eficacia. La autopista es una carretera prosaica y sin gracia. Si no fuera porque estoy escuchando una vigorosa canción de Bon Jovi, diría que el ruido monótono de las ruedas sobre el gris asfalto me aburre.
De vez en cuando hay un coche que raudo y veloz nos pasa por nuestra izquierda. Yo me quedo mirando. ¿Dónde irá? La matrícula es extranjera. El coche se pierde engullido en el infinito de las líneas blancas que surcan la piel de la autopista.
Nada que hablar. El silencio es atroz. El gesto de mi mujer es tenso y concentrado. El sol parece molestarle. Baja rutinariamente el breve parasol, pero el sol le sigue molestando.
-¡Qué rabia me da el sol cuando está poniéndose!
-Sí, no hay manera…
Hay un camión a lo lejos. Nuestra velocidad es muy superior a la suya. Pronto le alcanzaremos.
Es un camión de Murcia. Le adelantamos. El camión ruge como un gran animal. Da miedo. Miro a su conductor. Parece buena persona. Pero eso es una tontería. Hacia la media noche llegará a Murcia. Bueno, y eso a mí qué me importa…
La autopista está jalonada de letreros. Una buena distracción es leer los letreros. No es que tenga nada de particular, pero uno se entretiene. Próxima área de servicio a 25 Km. Bueno. Miro por la ventanilla. Veo un vetusto árbol junto a una espigada palmera. Parecen viejos amigos. Luego llegan unos campos de cultivo que parecen medio abandonados. En el centro hay una casita de campo que tiene la puerta abierta. Pero no hay nadie. A continuación veo una torre de defensa que hay en lo alto de un pequeño montículo. Desde allí verían a los piratas. Ahora no hay piratas. Pero la torre sigue ahí. Me gustan estos vestigios de historia. Allí al final de la recta se ve lo que puede ser un pueblo. Hay un campanario que parece saludar a los viandantes. ¡Adiós! ¡Hasta pronto! Tras dejar atrás el pueblo del campanario hay un letrero que parece anunciar algo. Pasamos rápido bajo el cartel y leo lo que pone: Refugiados. Creo no haber leído bien y no le doy importancia. Pero a lo lejos, justo al pie de una montaña hay un gigantesco letrero que dice algo que no ofrece duda: Refugiados. Me quedo pensando y entonces comprendo…
-Claro… Refugiados… esa es la palabra…



Todos los santos. (La barbería III)





-Damián, el otro día me acordé de ti.
-¿De mí?
Damián se siente orgulloso cuando alguien le dice algo así.
-Sí, Damián, me acordé de aquella conversación que tuvimos hace unas semanas, supongo que te acordarás. Que sí de dónde venimos, que si a dónde vamos…
-Sí, sí, ya me acuerdo…
-Pues un cliente, que me decía que si alguna vez me he preguntado eso.
-Y tú le contestaste que venías del vientre de tu madre y que ibas a la caja de madera.
-Exacto.
-¿Y que te contestó el cliente?
-Ca…que eso era una razón muy simplona. Y que si uno lo piensa bien, descubrirá que hay algo más… ¡fantochadas! ¡ya sabes como pienso yo…! Pero le dejé hablar. Y me dijo que él tiene pruebas concluyentes de que hay un más allá,
-¡Toma del frasco Carrasco!
-Sí, sí, así de claro.
-¿Y te aportó las pruebas…?
Damián hablaba sin mirar a Ángel. Damián estaba, sin saber bien por qué, absorto en el proceso de su corte de pelo que miraba a través del espejo.
-Sí. Me enseñó una foto de un hombre sentado al lado de la cruz de una tumba de esas que hay en la entrada del cementerio viejo de Castellón.
-Bueno, y ¿qué tiene eso de extraño?
-Eso mismo le dije yo. Y eso que el hombre de la foto, la verdad, era un poco raro, porque iba vestido así como muy antiguo, y llevaba un sombrero negro de aquellos de antes; no sé, algo raro, ya te digo. Y además, tenía una sonrisa que me pareció inquietante. No sabría explicarlo… Total, que me dijo que aquel hombre que estaba viendo sentado junto a la cruz de piedra, no estaba allí cuando él hizo la foto.
-¿Qué me dices…?
-Espera, que la cosa no queda aquí. Al día siguiente fue al cementerio con la foto y se puso a indagar en aquella tumba. Se acercó y leyó el epitafio. Allí yacía un tal Emeterio García Granell. Que se murió con cincuenta años, creo recordar que dijo que en el año 1940. Y también había allí una pequeña foto un tanto raída. Se fijó bien en ella. Sacó la foto de su cartera. Comparó las dos fotos, y descubrió que el que salía en la foto que él hizo era la misma persona que había allí en la foto de la tumba. Hasta llevaba el mismo sombrero y todo…
Se quedaron los dos callados. Uno esperando respuesta, y el otro sin saber qué decir.
Pero Damián pensó que cuando llegan estas fechas de todos los santos, muchos creen que las ánimas se retuercen en sus tumbas. Pero no quiso decir nada.



 


La guitarra


El paseante suele salir a pasear todas las tardes que puede.
Esta tarde hace un sol cálido y acogedor. Hay un confortable calor otoñal que invita a la gente a salir a la calle.
El paseante cuando sale a pasear, busca la verde sombra de los árboles. Le encanta el suave olor ocre y crujiente de las hojas muertas. Y el sabor terroso del suelo. Y el silencio atroz de los troncos retorcidos. Y el gorjeo feliz de los pájaros invisibles. Y la dulce paz de la gente que pasea.
Al paseante le gusta observar las cosas que va dejando a su paso.
Hoy ha visto a un hombrecillo de tez morena sentado en un banco que tocaba una guitarra.
Le ha llamado la atención la soledad de aquel hombre. Un hombre de breve estatura. Tal vez de origen magrebí. No. Pudiera ser que gitanillo. El paseante no lo tiene claro. Pero le llama la atención el entusiasmo con que acaricia la guitarra y pulsa sus cuerdas. El paseante se acerca a ver cómo tañe las cuerdas aquel raro personaje.
Como quien no hace la cosa pasa a escasos metros del concertista solitario.
Las notas brotan armónicas y pausadas de los dedos del anónimo músico. Es algo de flamenco. El ritmo se rompe cuando advierte mi presencia. Se para. Levanta la vista y me mira. Hay una leve sonrisa mutua. Y el músico anónimo, sin esperar respuesta, baja la cabeza y se introduce en su mundo de cuerdas y acordes. El paseante sigue su camino satisfecho sin saber bien porqué. Pero una cosa tiene clara. Cuando vuelva a casa, escribirá un post contando esta simple anécdota.


Acerca de la maldad.


Hitchcok dijo hace tiempo que una película era buena en tanto el personaje malvado, el malo, estaba bien conseguido. Él aseguraba que ponía los cinco sentidos en el tratamiento de este personaje. Porque al fin y a la postre de este siniestro personaje dependía el éxito de la película.
Ejemplos, los hay a miles. Podría empezar por Anthoni Perkins, en “Psicosis”, Boris Karloff en “Frankenstein”,  Robert De Niro en “El cabo del miedo”, Béla Lugosi en “Drácula”, Manuel Morón en “El Bola”… La lista, como decía, es interminable.
Todo guión que no resuelva acertadamente el tema del malo de la película, está condenado al fracaso. Es más, que a nadie se le ocurra escribir un guión (ya sea para película, teatro, televisión) o una novela o cuento, donde no haya un personaje odioso, antagonista y malvado. Si este personaje no existe, la obra carece de interés para el espectador-lector.
La verdad es que eso de introducir el mal funciona. El mal motiva al espectador. El mal vende. Al mal hay que tratarlo bien…
Es más, ya fuera de la ficción, en Historia, cuando cuento algún episodio donde aparece un personaje ruin y perverso, trato de afinar la nota. El éxito está asegurado.
¿Alguien me puede decir por qué los humanos somos así?


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