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Meme: Passion Quilt


Bueno, pues mi querida compañera Ana me ha mandado un meme. Como sea que mis habilidades informáticas son escasas, y aún no me aclaro a hacer enlaces, obviaré (infringiendo las normas del meme) la parte correspondiente a ellos. Lo siento. Pero prometo ir reciclándome poco a poco como he hecho hasta ahora gracias, precisamente, a Ana.
Vayamos pues, al grano. El tema del meme es “postear una imagen o hacer/tomar/crear una propia que capture lo que más TE APASIONE que sea aprendido por los estudiantes.”
Veréis que he puesto una foto de un amanecer sobre el mar. Y una gaviota revoloteando sobre las áureas aguas marinas.
El sol es la sabiduría. La sabiduría bien entendida. Aquello de “cabezas bien hechas, mejor que cabezas bien llenas” que era por lo que apostaba Rousseau. El sol abraza con sus invisibles rayos dorados las desplegadas alas de una blanca gaviota. La gaviota es el alumno. Un ser libre y procaz. Volandero, despistado, travieso… sujeto a las influencias del cálido astro rey, pero a veces es escurridizo. La mar quiere mediar entre ambos. La mar quiere poner orden. La mar es el maestro. Las calmosas aguas marinas serenan los sentimientos. Las tormentosas olas, en cambio, los desbaratan.
Yo quiero ver el armonioso respaldo que propicia la tranquila paz de la mar en calma al fulgurante sol mañanero. Quiero ver saltar de alegría por los etéreos aires a la libre gaviota. Quiero adivinar en sus alas el reluciente atisbo del sol en sus plumas. Quiero gozar de las tranquilas aguas marinas que ven reflejarse en ellas la silueta grácil y feliz de una ave pizpireta que con su graznido penetrante saluda al mar. Eso quiero yo de mis alumnos, que sean gaviotas libérrimas, sabias y que un día cuando vean el mar… le saluden con sinceridad.

Primer amor


Ayer estuve desempolvando recuerdos, releyendo las páginas de mi corazón. Y, de golpe, me encontré con mi primer amor. Di un respingo y mi cuerpo, todo él, se estremeció. Pero qué hacía allí aquella niña entre mis vivencias, tan lozana, tan presente… si yo ni me acordaba de ella… María José, mi dulce María José que un día encandilaste a mi corazón y te retuvo para siempre.
Éramos dos niños. Ahora recuerdo. Ella doce años, yo catorce. ¿Qué habrá sido de ti, pequeña María José? Habrás crecido, te habrás hecho una mujer, te habrás casado, habrás tenido hijos… Habrás sido feliz. Y yo no lo habré sabido. Y tú te habrás olvidado de mí.


Sigo hojeando con avidez las páginas de mi corazón, y aparece tu sonrisa rezumante de alegría infantil, tus angelicales hoyuelos, tus labios húmedos, tus blanquísimos dientecillos levemente separados, tu mirada brillante. Tu negro pelo revoloteando sobre la cara, que tú con gesto sensual apartabas descuidadamente. Lo libros abrazados a tu cuerpo, menudo y dicharachero, cubierto por una trenca, ¡aquella trenca azul marino! ¿te acuerdas?


Nos encontrábamos en el autobús, allí te conocí. Cuando subía al autobús te buscaba entre la gente. Y algunas veces no estabas. Entonces el viaje era aburrido, falto de emoción, intrascendente, triste. Pero cuando te descubría en un rincón del autobús, mí alma se iluminaba, y te miraba poquito a poco, sin prisa, hasta que nuestras miradas se cruzaban; entonces me saludabas sin demasiado entusiasmo. Yo te devolvía el saludo y bajaba la cabeza con timidez. Tú no sabías que yo te quería con todas mis fuerzas. Y seguías hablando voluptuosamente con tus amigas. Y yo te amaba en silencio.


Un día ya no te volví a ver más en el autobús. Alguien me dijo que a tu padre le habían destinado a otra ciudad y que tú te habías ido a vivir allí. Ya no volverías a coger más el autobús. Mi alma se inundó de lágrimas. Mis amigos nunca supieron la razón de mi pesar porque nunca les conté que estaba enamorado de aquella niña que casi todos los días era compañera de viaje en el camino hacia el instituto.


Los meses siguientes fueron meses de nostalgia, de pensar en lo que pudo haber sido y no fue. Tuve que hacerme a la idea de vivir sin tu risa, sin tus hoyuelos iluminando de alegría el autobús, sin la sombra de tu pelo reflejada en la ventana, sin respirar el mismo aire que tú respirabas, sin tus joviales saludos… María José, te fuiste y no te volvía a ver… han pasado cuarenta años, y hoy te he vuelto a soñar.

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