Estoy corrigiendo exámenes en la sala de profesores. En la mesa de al lado
están sentadas las profesoras del Departamento de Lengua Castellana. Bueno, he
dicho “sentadas” y no “sentados” porque son cinco profesoras y un profesor.
Hay, pues, abrumadora presencia femenina, por lo que no creo que se me ofenda
Jorge (el único componente del género masculino del Departamento) si utilizo el
femenino.
Mis alumnos no estudian, mecachis en la mar. A este le tendré que suspender… Es que prácticamente
no ha acertado ni una…
Sin querer oigo los comentarios de mis compañeras y compañero. Es una
conversación amena y distendida. Yo sigo a lo mío. Ahora hay alguien que me da
una alegría. ¡Ha contestado todas las preguntas correctamente! ¡¡Un diez!!
Irene, la jefa del Departamento, está intentando redactar las conclusiones
de lo que se está debatiendo con total desenfado. Entre risas, la prosa surge
enrevesada y poco eficaz. Así no. Hay que cambiar el matiz, observa Jacinta. A
lo mejor, añade María, si quitamos este vocablo que suena tan académico por
otro… pero lo que importa es que se entienda bien, apunta Gemma. Hay risas de
complicidad y, casi, de desidia. Juliana tiene que irse. Una de las conserjes
le avisa de que la madre de un alumno le espera para entrevistarse con ella. Se
va. La reunión continúa. En realidad, lo que se está tratando es un tema banal y rutinario. La bonhomía y
hasta una pizca de guasa presiden el ambiente. El borrador del documento lo
tienen casi listo. La jefa del Departamento lo lee. Jorge, muy agudo, apunta
que como buenos europeos del sur que somos, estamos consiguiendo decir muy poco
con muchas palabras. Hay que ser más precisos. La norma tiene que quedar clara.
Pero no se aclaran. Se ríen. Yo, sin levantar la cabeza de mis exámenes, todo
serio, sigo corrigiendo. Y pienso que mis compañeras y compañero se lo están
pasando bien. Y yo creo que esto en mi departamento, el de Ciencias Sociales,
no sería posible. A estas alturas ya habría habido alguna palabra más alta que
otra. Pero aquí la reunión discurre fluida y sin problemas. Me dan un poco de
envidia. Ojalá en mi departamento se pudiera expresar libremente la opinión de
cada uno con este desenfado y esta espontaneidad, pero no. Allí hay que medir
las palabras. La seriedad preside las reuniones. Y esto a mí no me gusta. Odio
las conductas oficiales y encorsetadas. Y me encanta la libre expresión del
corazón en forma de miradas, gestos y palabras. Como en este Departamento.
Calla, que parece que ya han logrado, por fin, acertar con el texto adecuado y
definitivo. Lo lee la jefa. Y todos aplauden. ¡Bien! Ha quedado de maravilla…


