Desde que Pablo había cumplido
los cincuenta años los análisis de sangre rutinarios que se venía haciendo
anualmente no le salían bien.
El colesterol, por las nubes; la
glucosa, alta. Y otros parámetros, con ligeros desajustes.
La doctora de cabecera le daba
instrucciones facultativas para acoplar las cifras a registros normales. Y él,
esos consejos los llevaba a rajatabla. Por aquello de que la salud es lo
primero, y por ella se hace lo que haga falta. Pero ni por esas. Los resultados
seguían siendo negativos, y cada vez peor.
Pablo no sabía qué hacer. Hasta
que un día, por casualidad, encontró la fórmula. Un alumno suyo le había
falsificado las notas. Tan bien lo hizo que se dio cuenta por pura casualidad. Y
entonces pensó que por qué él no podía falsificar los resultados de sus
analíticas. Y así hizo.
Cuando, al cabo de tres meses, la
pundonorosa doctora le mandó revisar los niveles de colesterol y demás, puso en
práctica su plan.
Cogió la hoja original que le
habían dado en el laboratorio donde se había hecho los análisis, que dicho sea
de paso, reflejaban los nefastos resultados de siempre, y hábilmente manipuló
las cifras. Para ello primero hizo una fotocopia donde había borrado los
peligrosos números que molestaban, y luego lo rellenó con sumo cuidado, siguiendo
las instrucciones del tramposo alumno que le falsificó las notas. Total, que no
se notaban sus “correcciones”, a no ser que se mirara con lupa.
La doctora se alegró sobremanera
al ver la hoja de la analítica. Y le anunció que a la vista de los resultados,
podía llevar una vida normal. Y comer de todo…
…Y así hizo año tras año…
…Y fue feliz, sumamente feliz
hasta sus últimos días.

