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La trampa



Desde que Pablo había cumplido los cincuenta años los análisis de sangre rutinarios que se venía haciendo anualmente no le salían bien.
El colesterol, por las nubes; la glucosa, alta. Y otros parámetros, con ligeros desajustes.
La doctora de cabecera le daba instrucciones facultativas para acoplar las cifras a registros normales. Y él, esos consejos los llevaba a rajatabla. Por aquello de que la salud es lo primero, y por ella se hace lo que haga falta. Pero ni por esas. Los resultados seguían siendo negativos, y cada vez peor.
Pablo no sabía qué hacer. Hasta que un día, por casualidad, encontró la fórmula. Un alumno suyo le había falsificado las notas. Tan bien lo hizo que se dio cuenta por pura casualidad. Y entonces pensó que por qué él no podía falsificar los resultados de sus analíticas. Y así hizo.
Cuando, al cabo de tres meses, la pundonorosa doctora le mandó revisar los niveles de colesterol y demás, puso en práctica su plan.
Cogió la hoja original que le habían dado en el laboratorio donde se había hecho los análisis, que dicho sea de paso, reflejaban los nefastos resultados de siempre, y hábilmente manipuló las cifras. Para ello primero hizo una fotocopia donde había borrado los peligrosos números que molestaban, y luego lo rellenó con sumo cuidado, siguiendo las instrucciones del tramposo alumno que le falsificó las notas. Total, que no se notaban sus “correcciones”, a no ser que se mirara con lupa.
La doctora se alegró sobremanera al ver la hoja de la analítica. Y le anunció que a la vista de los resultados, podía llevar una vida normal. Y comer de todo…
…Y así hizo año tras año…
…Y fue feliz, sumamente feliz hasta sus últimos días.


El suicidio



Aquel hombre tenía la extraña y estrafalaria costumbre de suicidarse cada dos por tres. Su nombre figuraba en el libro Guiness de récords como el hombre que más veces se había suicidado. Y es que tenía esa manía. Porque aquello era una manía.
Un día, su mujer, preocupada por sus múltiples suicidios, que dicho de paso, llegaron a poner en serio peligro su vida, le convenció para que le viera un psiquiatra.
-¿Por qué se suicida usted tanto?-le preguntó el doctor después de las presentaciones.
-Porque es que no tengo otro remedio doctor. No hay más que leer los periódicos, ver la tele, escuchar la radio… todo son desgracias.
-¿Pero usted no ve que la gente no se suicida, simplemente se cabrea y ya está?
-Sí, pero yo es que tengo debilidad por el suicidio. Me encanta quitarme la vida. Ya lo he probado casi todo. La sobredosis, la horca, el gas, cortarme las venas, tirarme por el balcón…
-No siga, no siga -le cortó el doctor- no es bueno regodearse en sus manías.
-Doctor- ahora era su mujer quien intervenía- ¿cree que tiene cura mi marido?
-Es un caso difícil, señora, pero no imposible de curar.
-Yo quiero curarme, doctor. Yo no quiero suicidarme más. Los vecinos me miran con cara de burla. En el trabajo, cada vez que me suicido se ríen de mí. No lo soporto. Yo soy una persona seria, y si me quito la vida, yo bien sabré por qué, y a nadie le importa. ¡Ya está bien! Un día de estos cogeré una pistola y… no sé lo qué haré…
-Bien. – dijo el doctor- tomaré cartas en el asunto.
-Gracias doctor- dijo la mujer con un hilo de voz- a ver si mi marido no se suicida más y podemos vivir felices el tiempo que nos queda de vida.
-Mi enfermera les dará hora para la próxima semana- sentenció el doctor a modo de despedida.
Se dieron la mano y salieron del despacho. La enfermera les dio cita para la semana próxima y les extendió la factura de la consulta.
Cuando aquel hombre que tenía esa extraña querencia al suicidio la vio, no pudo evitarlo. Sacó una pistola del bolsillo y allí mismo se pegó un tiro.
Así acabó sus días el hombre más proclive al suicidio que nunca vio la Historia.


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