Éramos unos chiquillos.
Diecisiete años recién cumplidos. Pero ya hacía casi un año que salíamos
juntos. Suficiente tiempo para saber que entre nosotros había algo más que una
simple atracción física.
Y llegó la primavera. Y llenó
toda la Plana
de flores de rojo, verde, azul, amarillo, blanco… y se llenaron las flores de
volanderos animalillos multicolores, y de susurrantes zumbidos… y el aire se
llenó de azahar. Daba gusto respirar…
Nosotros dos, cogiditos de la
mano, fuimos al monte. Era una tarde soleada. El monte estaba solitario. Nada
mejor que la soledad para unos amantes. Subimos por una senda de tierra reseca
y llegamos a una fuente. Un hilillo de agua salía de las entrañas de una roca.
Bebimos y nos mojamos. Y nos reímos. Y caímos al suelo de pura felicidad. Y
¡ay! su pantalón vaquero se rasgó al rozar con una puntiaguda piedra dejando
ver un puntito de sus encarnadas bragas. Rápidamente se quitó el jersey y se lo
anudó a la cintura. Nos volvimos a reír. Y abrazaditos bajamos hasta unos pinos
que ofrecían generosa y saludable sombra. Allí, sobre la hierba nos sentamos. En
una atrevida y vertiginosa mirada pude adivinar a través de los botones de su
camisa rosa el color de su sujetador. Era azul celeste. No parábamos de hablar.
Y de mirarnos a los ojos. Y de escuchar los trepidantes gorjeos de los pájaros
que revoloteaban a nuestro alrededor. La tarde era luminosa. El sol lucía con
fuerza. Casi se diría que hacía calor. Nosotros seguíamos a lo nuestro. A devorarnos
con las palabras y los ojos. A conocernos hasta lo más profundo de nuestra
alma. El azul celeste de su sujetador brillaba ahora con furia y deseo
contenido.
Y fue entonces cuando escuché una
de las frases que más hondo han calado en mi ser:
-Miguel, eres la persona a la que
más quiero en este mundo…

