
El color pardo de la crujiente hoja caída del árbol se confundía con el adusto ambiente otoñal de la tarde. El viento soplaba desde las entrañas de la tierra y se llevaba con él en un insinuante baile, torbellinos de hojas maduras. Mientras veía retorcerse entre el polvo que había levantado el viento las hojas caducas, en un gesto imperceptible, me subí la cremallera de la chaqueta. Hacía frío. Pronto el sol se escondería por detrás de los blancos edificios del final de la avenida. Flotaba en el aire un lejano olor a campo sosegado. Los pajarillos volaban de rama en rama. Las gentes caminaban presurosas por la calle. El día declinaba.

Caminando hacia casa a través del aire otoñal me pongo a pensar. Siempre que llega el otoño tengo la misma percepción. ¿Es el final o el principio de algo? Así como cuando llega la primavera no tengo la más mínima duda de saber que estamos en los prolegómenos del verano, aquí, en esta estación me asiste la idea de que el verano se acaba. Tengo la sensación de un término, no de un comienzo. Y lo cierto es que algo empieza. Hay que afrontar la nueva estación, que regresa, como en un eterno retorno, a su cita anual. Y entonces me abriga la ilusión de golpe. Una explosión de recuerdos se desparraman desde mi mente y mi persona se siente reconfortada y preparada para vivir el otoño con infantil esperanza…
